Episodios vigueses
La singular e interesante crónica de Bouzas del Diccionario Madoz
Hace ya dos semanas, a pocos días de terminar el 2025, una tragedia sacudió al país: un padre y tres de sus hijos habían desaparecido en aguas de Indonesia tras naufragar el barco turístico en el que estaban viajando, pudiéndose salvar sólo la madre de los niños y su hija más joven, que fueron rescatadas en zodiac por la tripulación. Ese mismo día, unas horas antes, el cesantino Sebastián Couñago pasaba por el mismo sitio en un barco parecido con su familia y estuvo cerca de sufrir el mismo destino.
Lo primero que recuerda de esta experiencia que no olvidará es haberse sentido estafado por la agencia en la que contrataron la embarcación turística: “En el folleto con las características del barco ponía que era del 2020, pero al llegar allí pudimos comprobar que tenía más de 30 años. Intentamos reclamar, pero como los cruceros salen cada tres días no teníamos más opciones que coger ese el día 26. Parece ser que es muy habitual que engañen de esta forma a los turistas”.
Pocas horas después de zarpar, se empezó a levantar oleaje, pero como eran unas olas “de apenas un metro” no preocupó mucho a Couñago, que tiene experiencia a la hora de navegar debido a que dedicó muchos años a la práctica del remo en la Ría de Vigo. Sin embargo, “estábamos comiendo y los platos salieron volando y la tripulación empezó a repartir los chalecos salvavidas”. El joven cesantino apunta que esto se debe a la factura de los propios barcos: “Son muy pequeños, de apenas un metro de altura. No tienen prácticamente quilla, por lo que unas olas de este tipo los pueden volcar fácilmente”.
Sebastián se dio cuenta enseguida de que “el barco estaba navegando de costado a las olas”, por lo que para evitar naufragar debían intentar orientar la proa o o la popa hacia el oleaje. Al ver que el patrón de la embarcación no corregía el rumbo, decidió actuar: “Tuve que subir y pedirle que por favor cambiara el rumbo. Si no lo llego a hacer, tengo claro que volcamos”.
Couñago explica que estos barcos turísticos “salen en grupos grandes” y que la embarcación que naufragó el día 26 por la noche iba en el mismo grupo que la suya. Con todo, no se enteró de la tragedia hasta dos días después, a pesar de que esa misma noche supieron que parte de su tripulación había salido para socorrer a alguien. “Nos llamaron desde casa dos días después para preguntar si estábamos bien y les pedimos explicaciones”, indica el joven cesantino. Sebastián también tiene claro que gran parte del problema reside en que “la tripulación no está acostumbrada a navegar con oleaje. Lo único que hicieron fue repartir chalecos y agarrarse a los lados. Y si a eso le sumas las corrientes que hay por toda la zona y que los barcos apenas tienen altura…” “Ellos tuvieron la mala suerte de que les ocurrió de noche, que no ves llegar el mar de costado”, sentencia.
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