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De las aulas a la oficina en semanas
devoción viguesa
Como cada año, el momento más emotivo de la procesión fue la llegada de la imagen a Porta do Sol. Allí tuvo lugar la despedida, con la ofrenda floral y los bailes en honor al Cristo. Antes de interpretar el himno de la Cofradía, el obispo Antonio Valín tomó la palabra en una locución final: “Miramos agora a túa imaxe, Santísimo Cristo; miramos os teus brazos, non están pechados, non sinalan, non acusan, non apartan a ninguén. Aquí cabedes todos”. Así, se refirió a la juventud, a la gente del mar, a las personas que vienen de otros lugares buscando una oportunidad para vivir, a quienes sufren en silencio, viven en precario, duermen en la calle o trabajan por una sociedad mejor.
Monseñor invocó al Cristo de la Victoria porque vence en el amor, “sen facer violencia, vence servindo e entregándose”. También pidió que la procesión no acabase ahí, porque “continúa cada vez que erguemos a mirada para descubrir un irmán, porque unha cidade cambia de verdade cando hai homes e mulleres que aprenden a mirar coma ti”.
El obispo retomó el mensaje de la homilía de la misa solemne de la mañana, donde afirmó que “a procesión máis grande non é a de hoxe”, sino la que comienza al volver a la vida cotidiana. Recordó que el Señor pregunta cuántas veces abrimos los brazos, perdonamos, consolamos o tendemos la mano a los demás. Asimismo, destacó que la Iglesia celebra a un Dios que abrió un camino de esperanza y recordó las palabras del papa León XIV, invitando a ser “constructores de pontes entre persoas, entre pobos, entre xeracións”.
Ya con el sol poniéndose sobre la ría, los fieles acompañaron la imagen de regreso a la Basílica-Concatedral.
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