Una mano amiga para el cautiverio que dejó el “Karar”

La parroquia del Cristo de la Victoria sufragó los gastos para el regreso de nueve nepalíes a sus hogares tras siete años de odisea

Seis de ellos, enfrente de la muralla de O Castro, en Vigo.
Seis de ellos, enfrente de la muralla de O Castro, en Vigo. | Atlántico

Una mano amiga para el que no tiene nada. El que sufre, el que se encuentra en una situación difícil. Nueve nepalíes pertenecientes al la embarcación “Karar” se vieron envueltos en un limbo de compleja solución. Arrestados por narcotráfico, pasaron cuatro años en prisión preventiva en A Lama a la espera del juicio. Cuando pasó ese tiempo límite, tuvieron que irse a la calle, pero a la espera de que se celebrase la vista. Sin dinero, sin familia. El juicio fue retrasado una y otra vez, para desesperación de ellos, cuya pena sería menor al no estar involucrados en el transporte del alijo y solo estar en el lugar equivocado y el momento equivocado. Ahí apareció un grupo ligado a la parroquia del Cristo de la Victoria, en Coia, que no desvió la mirada pensando que ese problema no era el suyo.

“Desde la cárcel me pidieron que, por su situación, estuviese algo pendiente de ellos” señaló Juan Antonio, párroco de la parroquia y capellán de la prisión de A Lama. Aceptó, sabedor que la vista se produciría en apenas 2-3 meses. Pero las trabas que fueron poniendo los altos responsables de la causa hizo que se llegase a alargar hasta dos años. Ahí, el párroco tomó la iniciativa: tras un mes y medio en el albergue de Teis, sería el momento de tender la mano a los nepalíes. Puso a su disposición una vivienda en Fornelos de Montes, destinada en un principio a actividades juveniles de la parroquia. Pero la situación lo merecía. Porque, salvo un pequeño montante económico conseguido con trabajos en prisión, no tenían nada. Ni permiso de trabajo para poder subsistir. “Lo único que podían hacer para pasar el día era estar sentados en Vialia”, reconoció Juan Antonio, quien intentó con las administraciones conseguir un permiso de residencia o de trabajo para que su espera fuese lo más digna posible. Sin éxito.

Ese dinero se agotó, en parte porque gran montante fue enviado a sus familias. Con ya un techo, voluntarios de la parroquia fueron aportando comida y ropa, pero sobre todo compañía. Algo vital para ellos. Para que no se derrumbasen pese a la férrea cultura asiática que los mantenía en pie pese a las adversidades. Acudían periódicamente a los juzgados con una tarjeta de transporte y mucha paciencia, pues las conexiones no eran del todo idóneas (salían a las 9 de la mañana y llegaban a las 7 de la tarde). Y nunca perdieron la sonrisa. “Entendimos que con lo que habían cumplido de prisión provisional ya sería suficiente, pero tenían que confesar su participación. Yo sabía que se iban a ir al terminar el juicio, pero cada vez se retrasaba más”, aseguró el párroco. La vista comenzó en mayo de 2024. Duró hasta febrero de 2025. Se les condenó a seis años de prisión: cuatro años ya los habían cumplido de modo provisional y los otros dos se conmutarían por la expulsión del país.

La expulsión conlleva un tiempo largo. También doloroso, por cómo se hace. Custodiados por agentes y en viajes separados, la burocracia se puede alargar más de lo esperado. O, incluso, que esa petición quede en el aire varios años. Tras seis años en España y uno en Panamá, los tripulantes nepalíes venían una imperiosa necesidad de regresar a casa. La parroquia comenzó una colecta para recaudar fondos y que, con el conocimiento de las autoridades, pudiesen comprarse unos pasajes de avión y volver a sus hogares. “Tuvimos la suerte de encontrar unos billetes baratos para llegar a Nepal con enlace en China. Así que les compramos esos billetes. Pero si se fuesen por el otro método, ese dinero recaudado íbamos a entregárselo a ellos”, señaló el párroco. El pasado 27 de abril, a las doce de la noche, se despidieron en la estación de Urzaiz los tripulantes nepalíes y los colaboradores de la parroquia. “Estaban como rehenes y no podían hacer nada aquí”, señaló. Con alegría y tristeza a la par, los tripulantes nepalíes del “Karar” ponían rumbo a sus hogares tras un cautiverio de seis años en Vigo.

“Seguimos en contacto porque, para ellos, somos su familia de España”

Un grupo de once voluntarios los ayudó por razones de humanidad, como algo comunitario. Fernando es una de esas personas, aunque no quiere personalismo. La ayuda aportada es de todos, en conjunto. “Vimos un día a Juan Antonio muy cargado con comida y le preguntamos si podíamos ayudar”, señaló. Ahí empezó su relación con los tripulantes nepalíes del “Karar”. Cada quince días, un miembro de la comunidad le llevaba comida y todo lo que necesitaba a Fornelos porque “no tenían nada. Solo les quedaba robar”, señaló, como una crítica al sistema que los abandonó a sus suerte en Vigo y a la espera del juicio: “Se pidió por todos los medios que pudiesen trabajar. Ayudarlos era un tema de humanidad”.

Su labor era de acompañamiento. Que no se sintiesen solo ese tiempo. Pero comprendieron que lo que estaban forjando era un vínculo con ellos: desde la parroquia les ofrecían cobijo, alimento y compañía; y los nepalíes daban paz, tranquilidad y armonía. “Les enseñamos muchos lugares. Vigo, Pontevedra, Caldelas de Tui, Santiago… Cada 20 días comíamos juntos y no hubo una queja en todo el tiempo”, confesó Fernando.

Su marcha fue una sensación agridulce, pero necesaria. En todo este tiempo, a uno de ellos se le había fallecido la madre y la mayoría contaban con hijos, algunos pequeños. Aunque en Vigo, ellos eran los hijos. “Ellos dicen que somos su familia de España. Queda una amistad para toda la vida, porque los tratamos como su fuesen un hijo o un hermano”, resaltó Fernando. Ahora, la comunidad confiesa que sienten un vacío, como cuando el pájaro abandona el nido o cuando el hijo se va de casa. También sienten felicidad, por ver que todo finalizó para ellos.

Desde su despegue en Madrid, no dejan de hacer videollamadas con la comunidad de forma recurrente. Ellos enseñan sus casas, su día a día con su familia, a sus hijos ya crecidos. El contacto sigue, por los buenos momentos que han vivido juntos en una situación muy compleja para ellos. Tanto, que casi un mes después todavía siguen adaptándose a su vida de antes.

Contenido patrocinado

stats