"Para mí, el Celta y el celtismo son una auténtica gracia divina"

Marián Mouriño agradeció en su pregón al Cristo presidir el club

Marián Mouriño, durante la lectura del pregón del Cristo de la Victoria, flanqueada por Marora Martín-Caloto y Abel Caballero en el jardín del Quiñones de León.
Marián Mouriño, durante la lectura del pregón del Cristo de la Victoria, flanqueada por Marora Martín-Caloto y Abel Caballero en el jardín del Quiñones de León. | Juancho Everman

Marora Martín-Caloto, cofrade mayor del Cristo de la Victoria, presentó ayer a Marián Mouriño como la única mujer en presidir un club de fútbol profesional de Primera En la histórica pista de tenis de Castrelos, la presidenta del Celta hizo la lectura del pregón del Cristo, un texto escueto dirigido directamente al protagonista, con momentos de emoción en los que le costó continuar. “Quiero agradecerle la oportunidad de presidir al Celta y al celtismo, elevándolo más allá del fútbol, desde su cultura, su música, su lengua como símbolo de identidad que proyecta a Galicia por el mundo”. Asimismo, agradeció la valentía, la luz y “afouteza para actuar con determinación”, incluso en “los difíciles comienzos con mensajes de aliento a través de don Luis (obispo emérito)”.

Aseguró entender que “como la Iglesia representa la fe y devoción de su pueblo, el Celta es el sentimiento de una comunidad entera que se une alrededor de su escudo, con la cruz de Santiago en el centro, de sus colores, celestes como el cielo, y de su identidad celta; pertenece a su gente”. En una intervención que se centró en agradecer, también pidió por su familia, “que me apoya y acompaña en este camino tan exigente”. Reafirmó su compromiso para asentar las bases de los próximos cien años del Celta, “que van más allá del fútbol”. Pasan por la formación de los canteranos como futbolistas y como personas, por su apuesta por la inclusión con Celta Integra y por el orgullo que le aporta As Celtas, “queremos ser un ejemplo para tantas niñas que todavía encuentran barreras en su camino”. Aseguró que para ella “el Celta y el celtismo son una auténtica gracia divina, capaz de tocar y transformar la vida de una comunidad entera”. Tras encomendarse al Cristo para seguir luchando por convertir al club en algo cada vez más grande, parafraseó a su padre, Carlos Mouriño en el pregón hace once años: “No hay vigués que no quiera a su Cristo y no hay vigués que no quiera al Celta”.

Los asistentes, en la histórica pista de tenis de Castrelos.
Los asistentes, en la histórica pista de tenis de Castrelos. | Juancho Everman

Por parte de Martín-Caloto, inició su discurso recordando la Anunciación y la Epifanía del tímpano gótico de la entonces Colegiata del siglo XV, desaparecido en el XIX y que regresó hace unos años en forma de réplica, luciendo sobre la puerta del baptisterio de la Concatedral. “Quizá la mar y la universalidad de la primera Epifanía fueron forjando la mentalidad abierta, emprendedora y benéfica de Vigo”. A continuación, agradeció la participación a los tres invitados de esta edición por la Cofradía: al predicador Joan-Enric Vives i Sicilia, “con el hemos aprendido que el amor de Dios es poliédrico”; al portador del estandarte, José Enrique Pereira, al que identificó con la frase “mi bandera es el respeto a la mar, fuente de vida”, y a la pregonera, Marián Mouriño, le apuntó con humor que “cuando el Celta se enfrente al Deportivo, le recordaré al Cristo que el Celta es cofrade de honor y el otro, no”.

El encargado de cerrar el pregón fue el alcalde Abel Caballero. Con un escrito muy literario, describió la emoción de la procesión. “Si le dejasen elegir, quizás desease ser llamado el Cristo de Vigo”.

Al acto, que finalizó con un ágape, asistieron el obipo, Antón Valín con el emérito, Luis Quinteiro; la valedora, Lola Galovart, la delegada de la Xunta, Ana Ortiz; el presidente del Puerto, Carlos Botana; concejales y representantes de los cuerpos y fuerzas de Seguridad, en una amplia representación de la sociedad viguesa.

La talla venerada ya está entre los fieles

La última novena finalizó y, como cada año, en una Concatedral llena de fieles, nadie se movió. Ya con los primeros bancos retirados, los costaleros introdujeron el carro y lo colocaron en el crucero. En un respetuoso silencio, con cientos de ojos puestos sobre ellos, Fernando Pazos y Manolo Ríos subieron las escaleras apoyadas en el ábside y colocaron las cuerdas desde las poleas a los brazos de la cruz; Carlos Martínez ascenció hasta el soporte de la talla y lo desatornilló. Tras un suspiro contenido, la levantaron en peso y José Luis Rodríguez la cogió para trasladársela a sus compañeros que esperan en el altar. El Descendimiento acabó con el paso de pañuelos por la imagen. El Cristo ya en el carro, presidirá la misa solemne y saldrá en procesión.

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