La vulnerabilidad que los políticos no miran

Publicado: 21 ene 2026 - 01:40
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La financiación a Cataluña, Trump, Groenlandia, envío de tropas a Ucrania, aranceles, elecciones autonómicas... Todo ese largo etcétera de mensajes informativos que a diario nos torpedean han sido cubiertos en España con el manto de la vulnerabilidad. Tras el accidente en Adamuz, Córdoba, nos quema por dentro el recuerdo de que nadie es autosuficiente en absoluto y la palabra vulnerabilidad pone el peso de la existencia. No sabemos dónde la tenemos como diría cualquier sabio de los longevos hombres y mujeres que pueblan España.

Un accidente es un suceso imprevisto y no deseado que provoca daños o lesiones a personas o cosas. Puede ocurrir en cualquier momento y lugar, y su causa puede ser variada, desde errores humanos hasta fallos técnicos o desastres naturales. Por otro lado, una desgracia es un evento trágico que causa sufrimiento o daño a alguien. Puede ser el resultado de un accidente o de una situación desafortunada. En Adamuz se une desgracia y accidente. Van de la mano caminando, como si el mundo les hubiera asignado un mismo compás. La desgracia, con su sombra larga, avanza despacio, casi con solemnidad. El accidente, en cambio, es impulsivo, como un tropiezo con forma de criatura inquieta. A veces parece que una empuja a la otra. El accidente, con su prisa abre grietas en el suelo; la desgracia, paciente, se encarga de que alguien caiga en ellas

Estamos en ese punto en el que debemos afrontar la pregunta de si aquello que intuimos fue causa o consecuencia. Frente a nosotros aparecen rostros de todas las edades y condiciones, y politizan todos. Para las familias de los fallecidos, la verdad es devastadora porque ya no están todos. Despidieron a los suyos para un simple viaje en tren y no volverán a escuchar su voz.

La vulnerabilidad es la sombra que acompaña a la vida, el reverso de la moneda de la existencia. Es el miedo a perder lo que amamos, a sufrir, a fracasar. Es la conciencia de que no controlamos todo, que hay fuerzas que nos superan y pueden cambiarnos la vida; pero la vulnerabilidad es también la capacidad de sentir, de conectarnos con los demás. Es la puerta a la empatía, a la comprensión, a la compasión.

En la literatura, la vulnerabilidad es un tema recurrente, un motivo que se repite en las páginas de la historia. Desde la tragedia griega hasta la novela moderna, la vulnerabilidad es el hilo conductor que une a los personajes, que los hace humanos. La vulnerabilidad es el ganchillo que teje la tela de la vida, que une a los seres humanos en un abrazo de fragilidad. Ser conscientes de nuestra vulnerabilidad debería bastar para que quienes gobiernan bajen el tono, abandonen la trinchera y recuerden que la política no es un tablero de estrategias, sino un espacio donde se decide la vida real de la gente. La vulnerabilidad no es un concepto abstracto, es el vacío que dejan los que no vuelven, es la silla que queda sin ocupar, es el silencio que se instala en una casa.

Por eso, a quienes convierten cada tragedia en munición, cada dato en arma y cada dolor en argumento, convendría recordarles que la fragilidad humana no admite eslóganes. Que antes que adversarios tienen ciudadanos. Que antes que discursos tienen responsabilidades. Y que, si de verdad quieren representar a un país, deben empezar por mirar de frente aquello que nos iguala a todos: la certeza de que somos vulnerables, y de que su deber es proteger esa fragilidad, no explotarla.

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