Manuel Orío
Amor es lo que se necesita
En una reciente nota doctrinal titulada “Cor ad cor loquitur” – “el corazón habla al corazón”, evocando el lema cardenalicio de san Juan Enrique Newman – los obispos de la Comisión para la Doctrina de la fe de la Conferencia Episcopal Española abordan el papel de las emociones en el acto de fe. La experiencia de fe, señalan, se caracteriza por la integralidad, ya que abarca a toda la persona humana en el conjunto de sus dimensiones. La fe es confianza y conocimiento e incorpora, asimismo, emociones y sentimientos.
¿Por qué poner ahora el foco de atención en las emociones? Se debe a dos factores interrelacionados. Por una parte, dicen los obispos, “en los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada ‘generación Z’, aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década del 2000”. El segundo factor es la pujanza de nuevos métodos de evangelización, centrados en el “primer anuncio” de la fe, que conceden un peso importante a las emociones y a los sentimientos. El reconocimiento de los elementos positivos de estas iniciativas no debe impedir ver también los riesgos que pueden conllevar. Quizá el más importante de estos riesgos sea el reduccionismo “emotivista” de la fe, confinándola en el universo emocional y sentimental, haciendo que dependa excesivamente de la exaltación, del entusiasmo, de la efervescencia, de los cambiantes estados de ánimo, en detrimento de otras dimensiones constitutivas del creer.
La nota doctrinal invita a “creer con el corazón”, sin dejarse arrastrar por la absolutización postmoderna de lo emotivo, sino aspirando a lograr un equilibrio entre los sentimientos, la verdad y el bien que conjure la tentación de la manipulación de las emociones y del abuso espiritual. Los sentimientos son importantes en la vida espiritual, pero no pueden determinarlo todo. El “corazón”, la profundidad de la persona, es el lugar de la síntesis, de la armonía entre afectividad, razón y voluntad.
Los obispos de la Comisión para la Doctrina de la Fe proponen algunos criterios de discernimiento para el adecuado desarrollo de los nuevos métodos de evangelización: respetar la identidad trinitaria de la fe cristiana; tener en cuenta la globalidad de la dimensión personal, evitando basar la fe solo en sentimientos agradables y positivos; no perder de vista la dimensión objetiva, doctrinal, de la fe; integrar la fe personal en la fe eclesial; no olvidar la conexión necesaria que une internamente la fe con la caridad, el testimonio y el servicio; así como comprender rectamente la dimensión celebrativa de la fe, sin reducir la liturgia a una especie de “devocionalismo” efectista e intimista.
Me parece un buen documento. Los métodos evangelizadores de “primer anuncio” tampoco han de aspirar, creo yo, a descubrir una especie de receta que, como por arte de magia, vaya a atraer a las masas a la fe. La novedad está en Jesucristo y en su Evangelio. Como ha señalado Erik Varden, en los ejercicios espirituales predicados ante el papa y la curia romana, “es tentador pensar que debemos seguir las modas del mundo. Es, diría yo, un procedimiento dudoso. La Iglesia, un cuerpo lento, siempre correrá el riesgo de parecer y sonar pasada de temporada. Pero si habla bien su propio lenguaje, el de las Escrituras y la liturgia, de sus padres y madres, poetas y santos pasados y presentes, será original y fresca, lista para expresar verdades antiguas de nuevas maneras, teniendo la posibilidad, como lo ha hecho antes, de orientar la cultura”.
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