Manuel Orío
Sin dueño
La Cruz del Castro es franquista, sin duda: fue inaugurada por el propio dictador hace 65 años, en septiembre de 1961, como recuerdo a los caídos en la guerra civil... de su bando, claro. El mismo día también dio Franco su bendición a la Estación Marítima y a las nuevas instalaciones en el polígono de Balaídos de Citroën, luego PSA, hoy Stellantis, pero esa es otra historia.
El pecado original de la Cruz lo eliminó la primera corporación democrática, en 1979. Por unanimidad, con el voto de PSOE, PP, BNG, Esquerda Galega, Partido Comunista y la extinta UCD, se decidió su mantenimiento como símbolo de reconciliación, eliminando todas las señales e imágenes franquistas y dejando solo la cruz. Fue suficiente para que medio siglo después el Tribunal Superior de Galicia avalara su continuidad, pese a la ley zapaterista de memoria histórica que obligó a retirar cualquier símbolo del anterior régimen, precisamente, apelando a la declaración del ayuntamiento y a que había sido despojada de toda simbología.
¿Asunto zanjado? En absoluto. Otra vuelta de tuerca con una ley más reciente, esta de Doc PS, condena a la Cruz a su desaparición: ya hay precedentes en los tribunales. Los nuevos demandantes se dividen en dos: los que proponen dar la cruz al obispado para que decida qué hacer con ella, y los que apuestan por volarla por los aires, como ya se hizo con el monumento franquista de Cies, inaugurado precisamente ese mismo día de 1961. Lo primero parece razonable; lo segundo sería propio de los bárbaros, pero en absoluto descartable. No se me ocurre ningún acto de mayor carga guerracivilista 90 años después. Me temo que se trata de eso.
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