Francisco Peña
La vida nos separa, la enfermedad y la muerte nos igualan
Por qué nos empeñamos en tratarnos de forma tan desigual mientras estamos vivos cuando está en nuestras manos construir un mundo nuevo en el que exista igual dignidad para todos?
Aunque la cotidianidad nos encauce por senderos divergentes, es evidente que los seres humanos compartimos un mismo destino biológico. Actualmente, la sociedad padece una preocupante obsesión por el estatus, la codicia y acumulación material y la diferenciación individual; se construyen muros artificiales en lugar de tender puentes y unificar esfuerzos hacia un bien común. Sin embargo, la sobriedad de una sala de espera hospitalaria o la irrevocabilidad del cementerio hacen que desaparezcan por un instante las clases sociales de golpe. Es ahí donde se constata cómo un diagnóstico médico detiene el mundo por igual para un directivo de alto nivel que para un trabajador corriente. La enfermedad desnuda los egos, despojando al ser humano de sus privilegios materiales y de todo vestigio de distinción social. La fragilidad compartida neutraliza el orgullo. Al final, sin importar el privilegio o la carencia, toda existencia confluye en el mismo desenlace inevitable, situando al rey y al mendigo en un plano de absoluta igualdad.
La vida se presenta como una diáspora, un viaje de dispersión individual, pero la vulnerabilidad es el hilo invisible que nos restituye la unidad. La enfermedad no constituye un castigo; es una condición inherente a nuestra propia naturaleza genética, el recordatorio permanente de que compartimos una misma arcilla original. El tránsito vital nos separa mediante trayectorias distintas según la profesión, las metas y el entorno. Nos distancian las desigualdades y los privilegios basados en el éxito o el poder. No obstante, estas diferencias no otorgan superioridad moral: por el contrario, deberían exigirnos el compromiso de transformar la realidad, en la medida de nuestras capacidades, para avanzar hacia una sociedad más justa.
Frente a la dispersión, la enfermedad y la muerte operan como los grandes ecualizadores de la condición humana; ante ellas, los privilegios se desvanecen. Ni el poder político ni el poder económico pueden asegurar la inmortalidad o eximirnos del sufrimiento físico. Nuestra debilidad ante el paso del tiempo, demuestra que las leyes de la biología operan de manera idéntica en cada organismo. El destino común de nuestra especie no hace distinciones entre sabios y legos. Si la finitud nos igualará a todos, resulta incomprensible el empeño en perpetuar la asimetría social mientras estamos vivos. Esta desigualdad no es natural, nace de estructuras de poder orientadas a preservar el estatus, de prejuicios institucionales y de sistemas económicos que supeditan el bienestar humano al rendimiento del capital.
La ausencia de empatía en un mundo sin alma y un entorno deshumanizado, agravada por la distancia social, invisibiliza el dolor ajeno ante la complacencia de quienes viven en la comodidad. Es urgente una lección de humildad que acabe con la prepotencia y la soberbia. Reconocer nuestra fragilidad nos impide creernos superiores a nuestros semejantes, reordena nuestras prioridades y nos impulsa a valorar los lazos afectivos. La compasión nos conecta legítimamente con el sufrimiento del otro. La sociedad reclama un cambio de rumbo, y la ecuanimidad y fraternidad de Francisco Asís, y la caridad, servicio, humildad y amor incondicional a los más vulnerables de la Madre Teresa de Calcuta siguen siendo la luz idónea para transformar el mundo. ¡Que así sea!
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