José Teo Andrés
Vigo le debe una a Puelles
En cada siglo, en cada época de la humanidad, se han impuesto usos, conceptos y modas que, si bien durante un tiempo se pusieron de permanente actualidad, acabaron declinando y condenándose al desuso, un fenómeno repetido e inexorable que se destaca esencialmente en la forma de vestir tanto en los hombres como en las mujeres y del mismo modo, en la música o en el modo de escribir y comportarse en sociedad. También ocurre en la palabra y en la manera en la que ciertos términos inspiran amor u odio, sentimientos indeleblemente ligados a la frecuencia de su uso, que en ocasiones es tan reiterativo y está tan de moda que uno acaba odiado ciertas palabras y tiene que esperar pacientemente a que se desintegren de tanto usarlas.
Hace algunos años, y coincidiendo con el necesario proceso de documentación al que me obligó la redacción de mi primera novela, me entregué a la lectura de relatos que tuvieron su apogeo desde mediados a finales del siglo XVIII, coincidiendo con el movimiento de la Ilustración, un proceso sumamente atractivo que ofreció talentos de naturaleza deslumbrante a los que no había más remedio que acercarse. Uno de ellos fue Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla, un comediógrafo de gran renombre en su tiempo al que su estudio me deparó la sorpresa de saber que así, con el Don por delante, había sido inscrito en el registro de la parroquia madrileña en la que fue bautizado. De la Cruz se hizo muy popular por el dominio de un género de éxito en su época denominado sainete, en el que no tenía competidor aunque también escribió relato y libretos para zarzuela. Conseguí un ejemplar de su más celebrado, por título “Manolo”, la obra por la que obtuvo enorme fama. Tras leerlo con verdadera dedicación, concluí que no me había enterado de la mitad y que no acababa de comprender cómo aquello podía haber tenido tal predicamento. El tiempo pasa.
Personalmente, si existe una palabra con la que no puedo es el verbo “degustar”, un término que me suena ramplón, pretencioso e impostado y que he jurado no usar si puedo eliminarlo de mi ya de por sí menguado abecedario. Desgraciadamente, “degustar” está de última moda con la aceptación de la gastronomía como cumbre social de distinción y cultura. De modo que paciencia y aguante, que acabará pasando. El problema es cuándo.
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