Fermín Bocos
Resucitar el Frankenstein
La del ser humano es una historia de miseria y pobreza. Durante milenios hemos vivido en condiciones paupérrimas, expuestos a las inclemencias climáticas, siendo víctimas de plagas y enfermedades que hoy son meras anécdotas. Hace apenas dos siglos, el 90% de la población mundial vivía en condiciones de subsistencia, en lo que actualmente consideraríamos pobreza extrema (con el equivalente a un dólar diario). Hoy, ese porcentaje se sitúa por debajo del 10%, lo cual es increíblemente espectacular teniendo en cuenta que la población mundial se ha multiplicado por ocho en el mismo periodo. ¿Quién ha obrado el milagro de acabar con milenios de miseria en poco más de doscientos años? El capitalismo.
La receta para salir de la pobreza es bien conocida: la división del trabajo que permite a las personas especializarse en lo que mejor saben hacer, unido a una inversión en capital que permita aumentar la productividad de esas personas. Esto genera excedentes de producción que libera mano de obra para otras actividades y habilita el comercio, incrementando todavía más la especialización y creando una espiral de crecimiento económico. Para ello, empero, hacen falta varias cosas: ahorro que permita invertir en más y mejores máquinas, así como la libertad para poder hacerlo. Es la receta del capitalismo, ahorro e inversión.
Y esa simple receta ha sido el fundamento del milagro económico que se hizo realidad en la Revolución Industrial, el punto de inflexión a partir del cual los seres humanos comenzaron a abandonar las condiciones naturales de miseria que nos habían acompañado desde la era de las cavernas. Un sistema capaz de sacar a seres humanos de la pobreza por millones, eso es el capitalismo. Ni más, ni menos.
Hablemos entonces de libertad. Si los empresarios no son libres, no tendrán incentivos para tratar de mejorar la productividad de sus fábricas. Si no voy a poder disfrutar de los frutos de mi trabajo, ni quedarme con los beneficios de lo que invente, ¿para qué lo voy a hacer? Sin libertad no habrá ahorro ni tendrán lugar las inversiones que aumenten la productividad. Y sin incrementos de productividad no habrá progreso ni mejoras sociales, trabajaremos muchas más horas y seremos mucho más pobres.
¿Y qué hay del resto de personas que no son empresarios? Si no tienen libertad, no podrán elegir. No podrán decidir qué comprar, ni cuánto, ni dónde, ni a quién, ni a qué precio. Si no tienen libertad, no podrán dar al mercado las señales correctas y toda la economía estará descoordinada. En cambio, si yo tengo libertad, únicamente compraré aquello que me interese y un empresario tendrá que ofrecerme algo mejor que el resto para hacerse con mi dinero. Para recibir, primero tendrá que dar y para ello necesitará esforzarse o se quedará fuera del mercado. Los consumidores no le debemos nada a nadie y somos implacables cuando somos libres. Usted no volvería a entrar en un bar en el que le tratasen mal.
La economía no es un juego de suma cero. He aquí el error de concepto más grande de todos los tiempos. Bajo una economía capitalista, uno no es rico porque muchos otros sean pobres. Su riqueza no se ha hecho “a costa” de los más desfavorecidos. Su riqueza se ha construido gracias a ofrecer al mercado (a todos nosotros) algo que nosotros queremos. Nadie nos obliga a consumir los servicios de Google, Apple, Microsoft o Netflix, sino que lo hacemos voluntariamente porque nos facilitan la vida. Somos nosotros los que decidimos con nuestro comportamiento convertir en multimillonarios a los dueños de esas empresas. Pero no se han hecho ricos a costa nuestra, usted no sería más rico si Bill Gates o Tim Cook no existieran (de hecho, probablemente sería más pobre). El tamaño de la tarta no es fijo, de tal suerte que si alguien toma un pedazo grande deja al resto sin tarta. Bajo el capitalismo, el tamaño de la tarta está continuamente creciendo y son, precisamente, los empresarios los principales artífices de que la tarta crezca. No es inmoral, por tanto, que estas personas sean increíblemente ricas. Lo inmoral sería que esas empresas no hubieran existido y toda la sociedad en su conjunto no pudiera disfrutar de los beneficios de sus productos y servicios.
El socialismo es inmoral porque hace que la tarta no solo no crezca, sino que disminuya (analicen la historia económica de Venezuela). Es inmoral porque se basa en la coacción y la expropiación. Es inmoral porque secuestra la capacidad de elegir de las personas y reduce drásticamente la competitividad de las economías. Es inmoral porque considera que puede disponer como le plazca de la riqueza de los ciudadanos y redistribuirla a su antojo. Es inmoral porque la redistribución de esa riqueza es una pendiente sin freno que termina en un abrupto acantilado, cuando ya no hay nada que “distribuir”.
Es inmoral, en definitiva, porque se fundamenta en la violencia del estado contra el individuo y utiliza a los pobres como coartada mientras la pobreza no cesa de aumentar bajo su utópica ideología. Por eso, precisamente, el capitalismo ha sido, es y será siempre moralmente superior. Porque se basa en la interacción voluntaria entre personas libres y en el beneficio mutuo. Se basa en el respeto a la libertad y el proyecto de vida de cada cual, rechazando toda coacción y toda violencia al considerar a cada ser humano como un fin en sí mismo. Como decía Hoppe, libertad o socialismo, todo se reduce a esto. No hay capitalismo sin libertad y no hay socialismo sin liberticidio. Ustedes eligen.
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