José Teo Andrés
Puerto nodal
“A las 7:35 de esta mañana, el Obispo de Roma, Francisco, regresó a la casa del Padre”. Así anunció ayer, como es su oficio, el fallecimiento del papa, el cardenal camarlengo de la Iglesia católica Kevin Joseph Farrell, desde la Casa Santa Marta, hogar del papa Francisco en el Vaticano. ¡A las 7:35 de esta mañana y en Casa Santa Marta! No pude por menos de evocar -fue instantánea la reacción-, que esa era la hora de la misa diaria del papa. ¡Ahora ya proclama la Resurrección con el Resucitado! Desde la perspectiva de la fe cristiana no ha podido escoger Francisco mejor día ni mejor hora para su propia pascua, la hora de la misa: la de la ofrenda, la de la entrega, la del sacrificio, la del Calvario y la del amanecer de una nueva vida. Era su hora , la de todos los días en Casa Santa Marta a las siete y media de cada mañana.
Reconozco que casi siempre me cuesta madrugar y no te digo nada si es en una fría mañana del enero romano. Pero aquel día no me costó levantarme sino dormirme. “A las 7 de la mañana del 30 de enero en el Cancello del Santo Uffizio la guardia Suiza y la Gendarmería Vaticana le facilitará el ingreso para concelebrar con el Santo Padre en la Domus Sancteae Marthae”, como ha solicitado, me decía la carta del secretario personal de papa Francisco. Efectivamente como cada día, ese 30 de enero de 2018, el año de mis bodas de oro sacerdotales, había sido citado yo para concelebrar con papa Francisco en la capilla privada en la que celebraba la eucaristía diaria para las religiosas que le atendían y a la que acudían también algunos fieles invitados, muy pocos, llegados de todo el mundo. Aquel día unos obispos eslavos, unos matrimonios, varias religiosas no de la casa…Estoy contándolos en la foto que conseguí de ese momento y no llegamos a 30 incluso anotando a fotógrafos y cámaras que graban la misa.
Muy cercana y práctica la homilía comentando el evangelio de Marcos, que me tocó leer en italiano y que el papa glosó hablando de Jesús como modelo de pastor. “Jesús no abre una oficina de consultas espirituales con un cartel: “el profeta recibe los lunes, miércoles y viernes de 3 a 6. La entrada cuesta tanto o, si queréis, podéis dar una ofrenda. No, Jesús no hace eso”. Él está pronto para atender siempre, a cualquiera y a cualquier hora. Así de clara nos dejó Francisco, también con la vida, su enseñanza al explicitar la jornada pastoral de Cristo y cómo debe ser la nuestra de incondicional.
Tras la consagración de aquella eucaristía me emocioné al poder unirme al papa, allí en vivo y en directo, rezando por tantos que dieron la vida por la extensión del reino a lo largo de los siglos y en el “memento” de vivos aporté mi plegaria pidiendo por la catarata de problemas y proyectos que estarían entonces desfilando por la cabeza de un papa tan original en la propuesta de un evangelio cercano, abierto y comprometido con todas las periferias del mundo de hoy. Después de la comunión, en la silenciosa acción de gracias dije: ¡gracias, Señor, qué bien se está aquí!
El protocolo, cuando el papa y todos acabamos de dar gracias, manda que pasemos a saludarle en la puerta de la capilla, como el párroco que despide a sus feligreses. Ahí el que hable español, juega con ventaja. Frases cortas en un inglés o italiano para principiantes, el regalo de un rosario bendecido por él y a la fría calle de la Plaza de san Pedro. Pero no sucedió así con un curilla de habla hispana. Pude contarle de dónde era, “de Vigo, que queda cerca de Santiago y de Orense” -yo tenía el dato de que él por muchos gallegos bonaerenses sabía de las célebres Burgas- y me situó; le conté también en síntesis las distintas tareas en que había ejercido durante 50 años mi ministerio: con jóvenes, en el seminario, la enseñanza, en medios de comunicación y añadí ¡siempre feliz!. “Ahora sigo trabajando y solo doy gracias y pido perdón por las deficiencias o errores, ¿qué más debo hacer en adelante?” El papa Francisco me apretó las manos y sonriendo añadió: “¡bien! ¡nada más!, tú sigue adelante dando gracias y también pidiendo perdón”. “Y ¿nada más?”, exclamé yo mientras rompíamos los dos en una sonora carcajada que no olvidaré mientras viva, pues entendí la broma llena de cariño y afecto paternal de su “¡nada más!” Al contar esta anécdota, que manifiesta la ternura de un papa cercano y con sentido del humor -“los cristianos no podemos ser como pepinillos en vinagre, repitió él algunas veces-, yo suelo concluir muchas veces con idéntico humor que ahora ya tengo permiso del papa para no hacer nada…
Hoy que papa Francisco sí que ya tiene permiso de Dios para no hacer absolutamente nada, yo voy a dar gracias a Dios por lo que ha hecho, por su pontificado tan original, fecundo y sugerente, tan imprescindible en esta hora de la historia y seguramente por ello estupendo prólogo también de los nuevos caminos que recorrerá la Iglesia con el futuro papa.
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