Juan Pina
Un siglo bajo la bota marroquí
He seguido muy atentamente, algunas veces en directo, las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas desde hace cincuenta años. Jamás me había sentido tan abochornado como ahora por el desarrollo de esta edición, convertida por el anfitrión, Donald Trump, en un festival de amenazas, exclusiones y*negocios, que no otra cosa han sido sus conversaciones con el agasajado Xi y sus desplantes a la presidenta venezolana, que prácticamente ha cedido su petróleo en las manos impuras del presidente norteamericano, consolidado como el hombre más poderoso del mundo.
Las Naciones Unidas, que ahora afrontan un cambio en su bastante inoperante secretario general, Antonio Guterres, quizá para pasar a manos de una política latinoamericana como la costarricense Rebeca Grynspan, jamás se han mostrado más impotentes para detener guerras o incluso genocidios -allí estaba, en la tribuna de oradores un Netanyahu desafiante--. Jamás un presidente americano había amenazado desde la tribuna de oradores con 'exterminar' a todo un país, nunca nadie había osado decir que "aquí, quien gana se lleva todo el botín".
Creo que una hipotética continuidad de Trump en el poder, aunque solamente fuese por un par de años más, justificaría un traslado temporal de la sede de la ONU -que sesiona en Nueva York desde 1952-a algún país más neutral, menos desafiante, menos ávido por ganar dinero a costa de otras naciones. Sé que eso es una utopía: no sería fácil y probablemente ni siquiera posible, pero ¿qué sentido tendría prolongar esta agonía?
Conocí a Guterres hace años, como secretario del Partido Socialista Portugués. Ni yo ni muchos de mis interlocutores lusos le considerábamos la persona idónea para dirigir nada menos que los destinos de la Organización teóricamente más importante del planeta. También conocí a la señora Grynspan, la más probable candidata a sucederle; en Madrid se la valoró como secretaria general iberoamericana, pero quién sabe si será capaz de hacer la revolución que la sesteante ONU requiere: temo que nada se podrá hacer sin el visto bueno de Trump, de Xi, de Putin. Y ellos nos han demostrado que no quieren cambiar el mundo a mejor, excepto, claro, en sus casos particulares.
Tengo que aplaudir el discurso de Pedro Sánchez ante una no muy nutrida concurrencia en la Asamblea General. Sé que sus palabras, denunciando sin citar nombres a quienes "conspiran para destruir esta Organización (la ONU) y lo que representa", han caído como un dron moral en la Casa Blanca, y no digamos ya en el cada vez más influyente Israel.
Pero a la Asamblea de la ONU no se va a hacer amigos ni a repartir lisonjas de conveniencia: alguien tiene que decirle a qujien ha sido un muy ineducado anfitrión de este 80 período de sesiones unas cuantas verdades, entre ellas que, así, no se puede confiar en las Naciones Unidas como regulador de la Inteligencia Artificial, para que se la repartan entre Pekín y Washington. Ni ya se puede confiar en ellas para casi nada. Trump tiene que sacar sus zarpas de la ONU porque es un peligro para su continuidad. Y, con todos sus inmensos defectos y carencias, la ONU es, ay, prácticamente lo único que tenemos.
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