Xosé A. Perozo
Ratas nadadoras e outras incompetencias
En España hemos aprendido a distinguir muchas cosas desde el COVID. Entre ellas la diferencia entre teletrabajo y teleagotamiento, entre toque de queda y toque de queda con perro, y ahora, en un giro zoológico inesperado, entre ratas de alcantarilla y ratas de superficie, que son las que salen a pasear por la actualidad como influencers del subsuelo. Ambas, nadan.
Todo es agua salada pero no es lo mismo mar que océano. El mar es doméstico, cercano, casi educado. El océano es profundo, imprevisible y capaz de tragarse un país entero sin hacer burbujas. Pues bien, la España postpandémica vive instalada en un mar de problemas cotidianos como la inflación, la deuda pública, los alquileres, el desprestigio de las instituciones y mascarillas que aún aparecen en bolsillos olvidados; mientras la política chapotea en un océano de tribunales, filtraciones, declaraciones de amor y estrategias de distracción que harían sonrojar a un guionista de telerrealidad.
Desde el COVID, el país se ha quedado con una especie de acúfeno, ese zumbido constante de escándalos, casos, contracasos y la frase que dice que esto no es lo que parece y que ya forma parte del paisaje sonoro nacional. Mientras tanto, las ratas reales avanzan por las ciudades como si hubieran heredado la calle. Y las ratas metafóricas avanzan por los platós, los pasillos institucionales y los argumentarios de partido lo hacen con la soltura de Ratatouille.
La ciudadanía pide que, al menos, no la tomen por roedora.
Cada vez que un tribunal asoma la cabeza, aparece una cortina. A veces es de humo, a veces de terciopelo, a veces de esas baratas que se compran en rebajas. Lo importante es la rapidez con la que se descuelga. Un día es anuncio urgente o amor épico y otro, un conflicto territorial que aparece justo a tiempo. Y siempre el debate televisivo que convierte la Justicia en prime time, porque la política española ha perfeccionado el arte de apagar tribunales encendiendo polémicas. Como quien tapa una gotera poniendo un cuadro delante. El agua sigue cayendo, pero queda bonito. Y mientras tanto, el mar que no es océano observa desde la orilla como las ratas corren, las cortinas se mueven y los ciudadanos intentan no marearse.
Y España, que es de metáforas, descubre que la postpandemia no nos dejó solo mascarillas y gel hidroalcohólico, nos dejó un ecosistema entero donde cada cual intenta sobrevivir como puede. Unos nadan, otros roen y otros reman. Y algunos, los más optimistas, aún creen que el mar puede calmarse.
Perdónenme por hablarles hoy del hantavirus. Ya sé que se trabaja para que suene a tragedia y a titular de telediario con música de tensión porque ha estornudado un ratón; pero venía en el sumario, justo debajo de la noticia de los dos guardias civiles muertos persiguiendo a unos narcos. Eso sí que mata. A veces virus es lo que no mata, y lo que mata no es viral.
Germán y Jerónimo, los dos guardias veteranos del Servicio Marítimo muertos en la lucha contra el narcotráfico dejan la denuncia que trabajan sin medios, sin apoyo, sin que nadie mire. Los científicos calculan que hay unos 10.000 virus desconocidos que pueden saltar potencialmente de los animales a los humanos y el mar, que fue de los fenicios, de los piratas y de los ingleses ahora es del narcotráfico. Y mañana, quién sabe. Porque el mar no tiene dueño. Tiene inquilinos, okupas a los que se protege y que nos van desahuciando a todos. Con tiempo y con olas.
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