José Teo Andrés
Zapatero y el puerto nodal
No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros. Preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país. La celebre frase de John F. Kennedy podría utilizarse, más de medio siglo después, para desde la distorsión de su significado- dar una respuesta cruel y rotunda en Chipre, y en toda Europa.
Vosotros somos el pueblo, los pringados, y podemos respirar. Despacito. Y dejarnos hacer mientras echan mano a nuestra cartera y a nuestra dignidad. Para que vuestro país, es decir, los que viven de nosotros, sigan consolidándose como la nueva aristocracia político-económica y disfrutando de un reinventado privilegio de ius prima noctes o derecho moderno de pernada que, por nada, viola nuestros derechos, por nada, confisca nuestro dinero.
La expiación de los pecados de Chipre pasa por el castigo y el saqueo obligado e indiscriminado de los ahorradores. Los grandes, que confiaban en la seguridad jurídica europea del semiparaiso fiscal consentido, y los pequeños que temerosos del presente austero y de un futuro inmediato de necesidad, se resignaban a una vida de marca blanca. Ni una mención para los pobres, los ni ahorradores, quienes no tienen la oportunidad de contar con un euro en depósito y que, si aplicamos la lógica paranoica de la Troika, serían unos afortunados. De estos ya se preocupara Francisco I.
La brillante idea de entrar a saco y con el saco, gestada o refrendada en el seno de la Unión Europea, nos transmite el nítido mensaje del todo vale y del sálvese quien pueda. Este atraco sin máscara no es más que la continuación de la política suicida y enrocada del enséñame la pasta, para la que no hay líneas rojas ni fórmulas imposibles.
Enséñame la pasta, amigo, estás perdido. Aquí quedaría perfecta otra palabra menos políticamente correcta. Nada material os pertenece, este es el axioma universal, visible por fin sin ambages.
Chipre es lo de menos, una anécdota en el fondo si no hubiese fallado la forma, pero que sirve para recordarnos que vivimos en una oligarquía global en la que lo preferente nunca es la gente. Las personas son subordinadas. Y si hay que quitar, se quita.
La forzada reflexión de la brillante idea de confiscación de depósitos, a la luz del revuelo internacional, no será más que un paso atrás para tomar impulso en la aplicación de cualquier otro instrumento chupopteril que tampoco podremos esquivar, y al que se sumarán las voces de nuestros dirigentes que, sin predicar con el ejemplo, justifiquen la conveniencia de estas y otras medidas de contrición.
Al menos la indignación chipriota sirve para echar el primer pulso serio al rodillo apisonador europeo, apoyados en el robusto brazo del amigo ruso y de la iglesia ortodoxa, que en el ínterin ganará para su fe a más de un ateo. Una sorpresa inesperada para la connivencia del propio gobierno del país que como una premonición tiene al frente de su Banco Central a un gobernador llamado Panicos.
Como en el chiste, alguien confía en que el burro, a fuerza de costumbre, viva y trabaje sin comer. Pero la realidad es que el burro, se murió cuando ya se había acostumbrado.
Termino como empecé, con otra pregunta. ¿Nos merecemos esta traición constante, nos merecemos este sistema?
Quita, quita
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