Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
La guerra arancelaria que el presidente Trump ha planteado a casi todo el mundo –recuérdese que a los rusos no les ha planteado ninguno- ha colocado a la economía mundial en un trance prácticamente desconocido enfrentado a un ataque cuyos motivos los expertos en materia económica están tratando desesperadamente de desentrañar como paso previo a plantear una defensa que se presupone larga, desagradable y complicada. Los expertos son los expertos y los demás estamos simplemente a la que salta y sobre todo aquellos comerciantes a los que este despótico gravamen ha colocado en una situación muy delicada en la que no saben qué hacer con el vino y con el aceite que los americanos consumían encantados y que ahora ya no van a poder consumir porque una botella de vino español va a alcanzar precios que solo el bolsillo de esa especie de bufón de corte en lo que se ha convertido el multimillonario universal Elon Musk –quien por cierto es de nacimiento sudafricano- puede sufragar.
Para los que somos prácticamente analfabetos en Economía y en Finanzas este comportamiento nos inspira algunas percepciones. Las mías me inclinan a sospechar que tras la imposición de aranceles a las materias que quieren ser vendidas en Estados Unidos subyace un secreto reconocimiento de inferioridad que Trump conoce sobradamente y que está tratando de disfrazar de poder y capacidad. Los Estados Unidos se han quedado obsoletos en algunas facetas productivas y no pueden vender sus productos ni en el exterior ni en sus propios territorios simplemente porque son inferiores, no pueden competir ni en precio ni en calidad con lo que viene de fuera y necesitan apelar a un discurso patriotero y confuso para tratar de difuminar su escandaloso fracaso.
La industria automovilística estadounidense es un ejemplo específico de esta situación. En estos primeros años del siglo XXI me gustaría conocer a alguien que desee adquirir un automóvil fabricado en los Estados Unidos. Son coches inmensos, con una mecánica no evolucionada, gastan litros y litros de combustible y su equipamiento no puede competir con los más actuales modelos fabricados en Europa o el Oriente. Esta situación se repite en otros muchos sectores. El problema por tanto se reduce a la competitividad.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último