Fernando Jáuregui
EE.UU no está para celebraciones; Trump sí
La presunción de inocencia es sin duda uno de los pilares de un Estado de Derecho en que ese valor es permanente hasta que sobre una persona imputada recae ya una sentencia firme inamovible. Pero también es inevitable que ante la reiteración, coincidencia y características de determinadas situaciones se produzca, a priori, el rechazo social o la desconfianza. No es menos cierto que también, en las sociedades democráticas a las que queremos parecernos, en determinadas situaciones parecidas a las que ahora padecemos, la respuesta de los políticos conectados o relacionados con este tipo de fenómenos suele ser consecuente y se presentan renuncias o dimisiones ejemplares. Aquí no. Aquí se resiste.
Es evidente que, con carácter general, la situación del Estado está en un marco preocupante. Cada vez se extiende a más instituciones. Para empezar, el Congreso de los Diputados ha dejado de ser el eje central de la acción política, en cuando el Gobierno presume de poder funcionar sin su concurso y se da la paradoja de que los propios partidos que llevaron a Sánchez a la Moncloa mantienen una equívoca postura crítica, exigen explicaciones que no se les dan, piden cambios esenciales o, en su caso, directamente la convocatoria de elecciones. El deterioro del aparato del Estado es que hasta la propia Guardia Civil (que es la institución mejor valorada por los españoles) se ve envuelta en el propio lodo del intento de manipularla de modo grosero para evitar que cumpla sus propias funciones esenciales.
La postura del presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, y el partido todo con pocas excepciones, ante la oleada de sucesos, digamos llamativos, que lo asolan tiene una peculiar reacción de resistencia, cerrar filas y no admitir ni siquiera la duda de que alguno de los personajes implicados, salvo sobre los que ya recae condena firme, hayan incurrido en disonancia alguna. Pero en contra de esta postura otras evidencias dejan en muy mal lugar a quienes pretenden indicar que ni va con ellos, ni nadie se ha comportado de modo indebido o, lo mejor de todo, quienes lo hayan hecho ya no son del partido, aunque hayan sido cargos esenciales como sus secretarios de organización, por ejemplo.
Y la sospecha la fomenta actitudes como la del ministro Fernando Grande Marlaska, quien tras haber negado de manera repetida, categórica, contundente, firme, segura y hasta enérgica que la directora general de la Guardia Civil Mercedes González Fernández se hubiera reunido nunca con la fontanera Leire Díez, viene a reconocerlo de manera casi patética. Y la propia aludida no explica ni convence cómo y por qué recibe a la tal emisaria para tomar un café, rectifica, un té, y nada más, en tanto otras pruebas desprendidas de la propia visitante muestran que se hablaron de cosas distintas de la propia función de la receptora. Es sencillamente desolador que la propia fiscalía sospeche que la directora general de la Guardia Civil y su mano derecha llevaran a cabo acciones para entorpecer la labor de los propios agentes que realizaban una función esencial.
Ni se dan explicaciones convincentes en tanto la ola crece y atrapa a nuevos incursos en este proceso, en tanto se sigue esperando que el expresidente Zapatero cumpla los propios plazos que se diera para explicar lo de las joyas, y se amplía el círculo de sospechas en torno a la SEPI y otra serie de asuntos de sospechosa solución. Y ante este maremágnum, el presidente Sánchez cierra filas, reafirma su confianza en unos y otras (salvo la pobre Leire) y confiesa que apenas conocía realmente al condenado Ábalos, que fue su ponente en la moción de censura que lo llevó a la Moncloa, luego elevado al rango de ministro y más tarde confirmado como diputado.
Es curioso, desde el punto de vista de sicología orgánica, que tampoco Sánchez conociera los andares de su otro secretario general de organización, Cerdán, elevado a la función de emisario de confianza para los tratos con el fugado Puigdemont y ahormar las imposiciones de éste a cambio de los decisivos votos de Junts. Uno supone que si Sánchez dejaba en sus manos tan delicada función es porque era total su confianza. Por lo visto, el partido era un convento de inocentes de buena fe que no advirtiera como anidaba el pecado. Ni tampoco lo había en los avatares del paradigmático Zapatero, quien por cierto fuera el otro enviado al encuentro con Junts, esta vez en el extranjero, en conferencia internacional, bajo los auspicios de un mediador de rango de conflictos entre naciones. Con carácter general Sánchez ha reiterado la confianza propia y del partido en todos los casos, salvo los que hechos y condenas ya no lo permiten.
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