Luis Del Val
Valentina: "Y aquí vemos..."
La visita del Papa a España ha permitido catar dos situaciones intercomunicadas y de una notable importancia. Por un lado, ha servido para tomarle al país la temperatura espiritual, y por el otro, ha permitido al mismo Pontífice conocer sus propias condiciones para desempeñar el cargo para el que fue elegido. En el primero de los casos, cabe también volver a hacerse preguntas y esbozar algunas respuestas, aunque probablemente no todas. España es una nación oficialmente laica que sucede a otra más lejana en el tiempo en la que la fe católica no solo era mayoritaria sino prácticamente obligatoria. Esta dictadura religiosa indeleblemente unida al progreso de un régimen de naturaleza totalitaria, fue generando con el tiempo una respuesta radicalmente contraria que, a la muerte del dictador y en el camino de recuperar libertad, dignidad y democracia, aventó una huida en masa y una oposición radical en contra de la vieja iglesia identificada con el franquismo, compartiendo un proceso parecido a la desafección que inspiraron los colores rojos y gualdas de la enseña nacional.
Hoy, cuando vamos para un siglo del inicio de aquel desgraciado periodo de nuestra historia, el horizonte vuelve a mutar y esta visita de León XIV ha descubierto que existe un amplio sustento de religiosidad en los habitantes de la España del siglo XXI, que este movimiento de espiritualidad y creencia se manifiesta de un modo especialmente intenso en los más jóvenes, y que esa clase política inculta, ciega y lamentable que nos gobierna, debería reflexionar al respecto por encima de sus propias actuaciones y creencias como le atañe a un presidente del Gobierno que ha preferido huir de Madrid cuando el Papa estaba en ella y despreciarla para acudir a un festival de música, y encontrarse con él Papa en Barcelona para no poner en más peligro aún su debilidad parlamentaria.
En cuanto a Robert Prevost, sospecho que está visita, como dicen que hace Red Bull, le ha dado alas. Le ha permitido sentirse de verdad, cabeza de un movimiento que une y ampara a mil quinientos millones de personas, casi el 20% de la población del planeta. Prevost acaba de darse cuenta de la fuerza multidisciplinar, multirracial y entusiasta que lo sustenta y aclama. Que no es cualquier cosa.
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