Fernando Ramos
Los riesgos para el futuro del PSOE con Sánchez
Existe el prodigio de la fórmula exacta, una alquimia telúrica forjada de mar, bruma, granito y vino. La geografía de las Rías Baixas se despliega como un inmenso mar de viñas en una tierra meiga, vieja y sabia. Es una metamorfosis del paisaje donde la geografía se eleva, huyendo de la humedad, para buscar la caricia cenital del sol. Triunfa así el emparrado, esa arquitectura verde sostenida por poyos de piedra que cincela el horizonte del Salnés, de O Rosal, de Soutomaior y del Condado do Tea, dibujando un tapiz de sutiles claroscuros sobre el que se mece la brisa oceánica.
Como bien dejó escrito el relator de nuestra esencia Ramón Otero Pedrayo, en las Rías Bajas se alcanza la perfecta y admirable belleza de la armonía lograda en la combinación de las formas de mar y tierra. La geografía describe por sí misma una hermosura que se espeja en aguas poco profundas, generosas, de sal equilibrada, dulcificadas por el aporte incesante de los ríos Ulla y Umia. El Salnés se baña en ese mar de Arousa vestido con sus formas y colores, sonriendo complacido desde sus arenales, sabedor de ser admirado por el bello Barbanza en la ribera opuesta. El Atlántico penetra mansamente la más extensa de las rías, espléndida, de una beldad coqueta, mimosa y segura.
Desde Sálvora, en la bocana, hasta Cortegada, en la cabecera, la ría se salpica de calas, recovecos, islas, islotes, bancos arenosos, bocarriberas y montes boscosos que se adentran en las aguas. Son un mar y una tierra que exigen ser mirados de frente, con el respeto agradecido por lo mucho que han otorgado a este microuniverso llamado Galicia. Situado estratégicamente en el Finisterre europeo, en el rumbo de los grandes tránsitos marítimos, este confín marca el final del camino de las estrellas. Los tiempos, las mareas y los viajeros han traído consigo la bonanza y el asombro. Los frutos naturales de la huerta y de los fondos marinos son incuestionables en excelencia y abundancia.
La configuración física del mar de Arousa permite una elevada eclosión de fitoplancton. Este flujo vital hace que la ría sea mundialmente célebre por su riqueza, erigiéndose como la zona de mayor producción de mejillón del orbe, cultivado en la singular arquitectura de las bateas. El relieve submarino favorece la formación de extensos bancos de arena, como los de Sarrido y los Lombos, cunas fecundas de bivalvos como la almeja y el berberecho, que conviven con la abundancia de la sardina, el bocarte, el jurel y la caballa.
Tierra adentro, el Salnés arousano se extiende relativamente llano hasta la sierra del monte Castrove. El paisaje está marcado por el minifundio, un encaje de parcelas donde prosperan pimientos de Padrón, tomates, lechugas y leguminosas. Pero es la vid la que reina. Las variedades blancas, como la loureira, el caíño blanco, la treixadura y, sobre todo, la albariña, posibilitan la elaboración de los afamados vinos de la denominación Rías Baixas. A su lado, tintos de caíño y hoja redonda guardan la llave del genuino Barrantes, junto a uvas rosadas y catalanas de dulzor y acidez inconfundibles.
Este paisaje minuciosamente labrado es el escenario de un milagro vitivinícola y económico. La uva albariña, menuda y prieta, concentra en su mosto la esencia atlántica. Visualmente viva, de un amarillo pálido con destellos verdosos y dorados, regala intensos aromas frutales y florales, desplegando en boca una untuosidad estructurada y una acidez salina perenne. Esta excelencia no es azarosa, sino el fruto del empeño de generaciones. En una tierra fragmentada, la inteligencia colectiva obró el prodigio. Las grandes cooperativas y las bodegas familiares unieron fuerzas, transformando la economía rural y convirtiendo al vino en el motor indispensable de la riqueza comarcal. Las bodegas actuales son templos de innovación donde la pulcritud del acero inoxidable convive con el romanticismo de la crianza sobre lías.
El Albariño ha trascendido fronteras como embajador universal. Hoy ocupa lugares de privilegio en los mejores restaurantes del mundo, desde Nueva York hasta Tokio. Su sutil salinidad dialoga de manera prodigiosa con el yodo de los percebes, la nobleza de las centollas y la delicadeza de las ostras, cerrando un círculo pitagórico inmejorable. Esta comunión entre paisaje, océano y vino ha impulsado el enoturismo, invitando al viajero a pasear bajo parras centenarias, visitar venerables pazos y comprender que Galicia es, ante todo, un estado de ánimo que se puede degustar.
Vino literario por antonomasia, el Albariño ha merecido los elogios de plumas inmortales como Emilia Pardo Bazán, Valle-Inclán, Eduardo Blancoamor, José María Castroviejo, Julio Camba, Wenceslao Fernández Flórez, Celso Emilio Ferreiro y Nélida Piñón. Es el vino de insignes gastrónomos como Manuel María Puga y Parga Picadillo, Jorge Víctor Sueiro, los Amigos da Cociña Galega, el Grupo Nove, Cándido Iglesias Barciela, Valerio Carrera o Raúl Pérez. Bebida de artistas y creadores, degustada por Lugrís, Laxeiro, Maside, José María Barreiro, Lodeiro y Antón Pulido; por escritores de la talla de Carlos Casares, Méndez Ferrín, Álvarez Blázquez y Alfredo Conde; por periodistas extraordinarios como Fernando Franco o cineastas como Chano Piñeiro.
Toda esta devoción cultural alcanza su clímax en la celebración. El próximo año, la Fiesta del Albariño de Cambados cumplirá setenta y cinco años ensalzando al príncipe dorado del Salnés. En su corazón late el Serenísimo Capítulo del Vino Albariño, el más antiguo de España, fundado hace más de seis décadas por figuras preclaras como Manuel Fraga Iribarne y Álvaro Cunqueiro. Gracias a la dedicación de personalidades como Pedro Piñeiro, esta institución aglutina a bodegueros y viticultores en una hermandad de sabios comprometidos con el prestigio de este milagro embotellado.
Una devoción que explica por qué el poeta Ramón Cabanillas retrató el alma de la capital del vino al cantarle a ese hermosísimo Cambados, “pobre, hidalgo y soñador”, versos que resuenan con naturalidad en cada copa alzada. Nadie ofició esta religión de la mesa con mayor lirismo que el propio Álvaro Cunqueiro, quien afirmaba que ir a Cambados es como ir a visitar a un amigo infinitamente bueno y generoso, que nos espera vestido de oro pálido y que, apenas saludado, ya se encamina presuroso a nuestro corazón, hecho cálida sangre, para disolverse en nosotros y hacerse nuestros sueños. Ese es el verdadero y constatable milagro de las Rías Baixas, haber convertido la tierra, la bruma y la lluvia en una inagotable prosperidad compartida, la sonrisa dorada con la que Galicia brinda con el mundo entero.
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