Fermín Bocos
Marruecos acelera, Melilla se asfixia
No le ha valido el Nobel de la Paz, pero el plan auspiciado por Trump para Gaza da sus primeros pasos y consolida expectativas que eran impensables. La realidad ofrece, con sorprendente frecuencia, vías alternativas más allá de nuestros arraigados prejuicios. Reconozco que las primeras imágenes de Trump y Netanyahu, anunciando su propuesta pacificadora, parecían más el conciliábulo de los vencedores imponiendo las condiciones a un enemigo ausente, que un acuerdo equitativo y operativo sobre el terreno.
En pocas jornadas y a favor del mismo, se fueron filtrando los buenos oficios de Jordania, Catar y otros países árabes; la aquiescencia de la Autoridad Palestina y el papel en las sombras de Tony Blair y Jared Kushner, el yerno de Trump, experto en los desarrollos inmobiliarios más rompedores del Oriente Medio. En la Unión Europea, casi con España a la cabeza, se celebraba como una oportunidad la pax dictada por el presidente norteamericano. También Rusia y China daban su placet a este experimento político-empresarial. La propuesta tomaba cuerpo y hasta los propios árabes palestinos de la franja, físicamente masacrados y psicológicamente bloqueados, parecían agarrarse a este clavo ardiendo: ¿qué más se podría perder?
Mientras esto sucedía y las listas de rehenes israelíes, vivos y muertos, así como de los prisioneros palestinos, también algunos fallecidos, se intercambiaban en las mesas de negociación, los combatientes de Hamás exploraban las rutas “seguras” para su exilio. Una encuesta realizada por el think tank de Blair, entre palestinos de la franja, alentaba una salida donde Hamás no tuviera protagonismo: sólo un 4% de los encuestados deseaban que los combatientes siguieran gobernando Gaza.
La rápida aceptación de los 20 puntos de la propuesta, habla de unas condiciones previas que habrían madurado lejos de los focos y los discursos arrebatados, tendencia a la que nos entregamos con gusto. Analistas en la distancia han resaltado el argumento de que “sin justicia no habrá paz”, en una profecía que parece recomendar el sentarse a esperar la adecuada conjunción de los astros. Mientras tanto, la brutal estrategia militar del aplastamiento continuaría su labor hasta lograr la unanimidad universal en torno a su naturaleza genocida.
Incluso alguien como Trump, que no viene de la dúctil política sino del mundo implacable de los negocios, es capaz de percibir que el trabajo militar causaba ya más problemas que beneficios. La brutalidad cerril de Hamás y Netanyahu ha logrado, pese a ellos, que una solución disruptiva e insospechada, siguiendo el modelo de las “prósperas ciudades milagrosas y modernas de Oriente Medio” (punto 10), se perciba ahora como una solución posible, aspirando incluso “al cambio de la mentalidad y las narrativas de palestinos e israelíes” (p. 18). Por bastante menos se han regalado algunos Premios Nobel.
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