Julia Navarro
La calle
Hay que darle valor a las navieras y al Parque Nacional por haber conseguido y consolidado viajes a las Cíes también en otoño e invierno, lo que hasta hace no tanto parecía un imposible. A mediados de septiembre se echaba el cierre y no volvía a pisarse Cíes hasta Semana Santa. Ahora no. Quizá porque el tiempo ha cambiado -cierto- y desde luego porque las islas viguesas son un destino bien conocido que merece la pena fuera de la temporada estival.
Hay una enorme diferencia entre Cíes en verano y en invierno. En julio o en agosto hay hasta 3.000 personas al día; en octubre, no pasan de 400 en los fines de semana en que hay embarque. En verano, playa; en otoño, recorridos guiados por los puntos de mayor interés. Nada que ver entre una y otra visión. En este último puente del Pilar, completo el aforo de temporada baja, apenas 450 personas por día, lo que tiene como ventaja que se puede disfrutar del placer de caminar por Rodas sin encontrarse ni una sola persona e incluso caminar hasta el faro con muy escasa compañía alrededor. Ni siquiera se escuchan las gaviotas: aunque el Parque dio la buena noticia de que se había estabilizado su número después de caídas espectaculares, hay un 90 por ciento menos ahora que a principios de siglo. Cíes es probablemente la mejor tarjeta de presentación de Vigo: la bandera de la ciudad y de la Ría y sus playas, un destino verde. Un éxito que tiene otro lado: octubre se ha convertido en un mes casi veraniego, con cielos despejados, temperaturas elevadas y prácticamente sin lluvias, vaciando los embalses construidos cuando en Galicia llovía el doble. Ya pasó en los años anteriores: antes o después, tocará cerrar el grifo, salvo que se construya otra presa.
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