Manuel Orío
La lucha por la permanencia
En la llanura de Asís, ciudad de la región italiana de Umbría, se levanta la imponente basílica de Santa María de los Ángeles, coronada por una hermosa cúpula y una estatua dorada de la Virgen. Este templo alberga una pequeña iglesia, la Porciúncula, un lugar muy especial para san Francisco de Asís, donde quiso pasar los últimos días de su vida hasta que le sobrevino la muerte, el 3 de octubre de 1226. Había nacido en 1181 o 1182 y, solamente dos años después de su fallecimiento, fue canonizado en 1228. En 2026 se celebra, pues, el octavo centenario de su “tránsito”.
El saludo que san Francisco hizo suyo fue: “El Señor os dé la paz” y quiso que los “hermanos menores”, sus compañeros y discípulos, fuesen por el mundo como mensajeros de la paz. Francisco dio ejemplo de ello y, así, en 1212 planeó llevar entre los sarracenos su “cruzada” de paz. Con ese fin partió para Siria, pero una tormenta le obligó a desistir. Algo más tarde, intentó dirigirse a Marruecos a través de España, pero lo detuvo una enfermedad y tuvo que conformarse con la peregrinación a Santiago de Compostela. En 1219, en Egipto, logró ser recibido por el sultán Melek-el-Kamel. Era el tiempo de la Quinta Cruzada, de guerra entre cristianos y musulmanes, pero Francisco se presenta ante el sultán desprovisto de cualquier arma, con el único deseo de “predicar la penitencia”, de restablecer los lazos que vinculan a todos los seres humanos.
Con motivo de la apertura de este octavo centenario, León XIV ha dirigido una carta a los ministros generales de la Conferencia de la Familia Franciscana en la que expresa el deseo de que “el mensaje de paz encuentre un profundo eco en la actualidad de la Iglesia y de la sociedad”. La paz es la suma de todos los bienes de Dios, un don que desciende de lo alto: “¡Qué ilusión sería pensar en construirla solo con las fuerzas humanas! Y, sin embargo, es un don activo, que hay que acoger y vivir cada día”, comenta el papa.
En esta época, marcada por guerras que parecen interminables, por divisiones internas y sociales que crean desconfianza y miedo, san Francisco sigue hablando: “No porque ofrezca soluciones técnicas, sino porque su vida indica la fuente auténtica de la paz”. Una paz que no se limita a las relaciones entre los seres humanos, sino que abarca toda la creación: “Esta intuición resuena con especial urgencia en nuestro tiempo, cuando la casa común está amenazada y gime bajo la explotación. La paz con Dios, la paz entre los seres humanos y con la Creación son dimensiones inseparables de una única llamada a la reconciliación universal”, sintetiza el pontífice.
Es hermosa la oración dirigida a san Francisco que el papa ofrece en su carta, de la que reproducimos el fragmento final: “Tú, que desarmado atravesaste las líneas de la guerra y de la incomprensión, concédenos el coraje de construir puentes allí donde el mundo levanta fronteras. En este tiempo afligido por conflictos y divisiones, intercede para que lleguemos a ser artesanos de paz: testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo. Amén”.
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