Carmela Silva
Sen igualdade, a revolución dixital exclúenos a todas
Hay momentos en los que es preciso gritar `NO`. Aunque sepamos que no servirá de nada. Es algo que ya hizo Zapatero exactamente veintitrés años atrás, marzo de 2003, cuando el inicio de la guerra en Irak, aquí auspiciada por un Aznar preso de la `garra del oso` Bush sobre su hombro en la `cumbre` de Las Azores.
Entonces hubo guerra (invasión, en realidad), ahorcaron al tirano Saddam Hussein. E Irak, como ocurrió con Libia, y como presumiblemente ocurrirá, cada cual a su modo, en Irán (y en Venezuela, y en Gaza, y en Cuba, aunque no sea ahora el caso), se convirtió en un Estado difuminado, doblegado. Sin personalidad política. Eso sí, con el aborrecible tirano caído, pero merced a unos procedimientos que conculcaban de manera bastante clara la legalidad internacional. Y, por supuesto, todo esto que digo tiene no poco que ver con la situación actual, cuando el `No a la guerra` renace en los mítines y en las calles. ¿Valdrá para algo? Con Trump, quién sabe; pero sí va alterar todos los equilibrios.
Que la posición de Pedro Sánchez en su enfrentamiento, casi directo aunque casi nunca le nombre directamente, con Trump, fortalece las expectativas electorales del presidente español es algo muy claro. El `no` a la guerra, recordemos lo ocurrido hace veintitrés años, impulsó a Zapatero, aunque, claro, fueron necesarios los terribles asesinatos de Atocha, un año después, para dar un vuelco en la gobernación de España, hasta entonces en manos del PP. En La Moncloa tienen muy presentes aquellos tiempos, y la apuesta por Sánchez como líder de una suerte de `izquierda mundial` es inequívoca, haciendo olvidar no pocas trapisondas `internas` protagonizadas por el `primer ministro` español, como le llaman algunos importantes medios extranjeros, parte de los cuales, por cierto, le elogian.
Vienen ahora las últimas encuestas sobre intención de voto, que determinarán a Sánchez, alegando la complicadísima situación mundial, a anticipar o no las elecciones generales, quizá haciéndolas coincidir, como aseguran algunas especulaciones, con las andaluzas de junio, donde el batacazo del PSOE, y de su aún número dos, María Jesús Montero, es seguro. Y, claro, el patente desconcierto en el terreno internacional del PP, volcado en sus tiras y aflojas con Vox en Extremadura y en todas partes, puede que aliente esa tentación de Sánchez, montado en el carro del `No a la guerra`, o en la fragata `Cristóbal Colón`, por muy contradictorios que parezcan ambos vehículos, a disolver anticipadamente las Cámaras legislativas. Poniendo fin, por cierto, al caos político en el que vivimos, lleno de inveracidades, disimulos, inmoralidades y maquillajes.
¿Sería bueno disolver ahora y adelantar a junio, o sea anticipar más de un año la disolución de la Legislatura? ¿Conviene en tiempos de guerra y del `No` al amo del Imperio? Hay tesis a favor y en contra en el mundillo socialista gobernante, aunque temo que esos pros y contras se sitúen más en el plano de las conveniencias partidistas que en el del beneficio de la nación, inquieta por el coste que la guerra va a tener -ya lo está teniendo- para nuestros bolsillos. Y lo mismo cabe decir de las opiniones en la aún coaligada Sumar, que ve que, con las elecciones, sufriría un descalabro quizá definitivo. En el PP, donde la `movida planetaria` les pilla demasiado lejos y el conflicto con Vox demasiado cerca, tampoco emociona precisamente una convocatoria electoral ahora, digan lo que digan. Y en Vox, donde son noticia casi diaria expulsiones y desavenencias internas, vaya usted a saber por dónde acabarán saliendo.
Estoy a punto de afirmar que el más cómodo en esta situación es un Sánchez que cree que en Castilla y León no se repetirán el domingo 15 los desastres de Extremadura y Aragón, ni ocurrirá lo que, con toda probabilidad, sucederá en Andalucía. Sánchez se embarca en `cumbres` contra el odio (`moderadas`, Dios, por una `inquieta` y polémica tertuliana), en manifestaciones del día de la Mujer, en comparecencias internacionales en las que el enemigo es alguien que, como Trump o Netanyahu, suscita el aborrecimiento (hablan las encuestas) de un 70 por ciento de los españoles. Así, ¿a quién le importan ahora las trapisondas judiciales de su mujer, de su hermano, de sus ex `números tres` en el partido? A él, desde luego, parece que no.
Si yo, a la luz de la lógica, tuviese que apostar, apostaría por un adelantamiento de las elecciones. Pero, con estos personajes que dicen representarnos ¿quién se atreve a apostar? Porque, aquí, ¿dónde está la lógica?
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