Los nietos y sus puñeteros abuelos

Publicado: 21 oct 2026 - 00:45
Opinión.
Opinión. | Atlántico

Solamente en un país tan pugnaz como el nuestro, donde el concepto de las dos Españas se ha convertido en algo aún más real que un tópico machadiano, podría caber el rifirrafe que se ha montado a cuenta de la 'ley de nietos', que ha derivado en una batalla política, mediática, social, judicial y leguleya de aquí te espero. Entre otras cosas, porque la ley, incluso aunque hubiese tiempo para ponerla del todo en marcha -que no lo hay-, incluso aunque se aplicase en su versión original y permitiese votar a las 163.000 personas cuyo sufragio está en cuestión, para nada cambiaría el resultado en las urnas el próximo 29 de noviembre.

Ni siquiera aunque votasen todos los afectados -no lo haría ni el uno por ciento, según los cálculos más optimistas- y lo hiciesen a la misma opción política -que tampoco, claro-, el resultado al que el destino ha condenado ya al 29-N cambiaría. Pero eso es lo de menos: lo bueno -creo que lo decía Marco Aurelio, aunque no estoy seguro- es ver el campo lleno de sangre de los soldados que luchan entre sí.

Porque dónde estén la razón o la conveniencia en la aplicación de esta ley no importa: la contienda no está en los efectos prácticos que pueda tener el texto legal, sino en la batalla togada que ha desencadenado entre el Ejecutivo y el Legislativo, entre el Tribunal Constitucional y el Supremo, una contienda a la que alegremente -es un decir- se ha sumado el Defensor del Pueblo, a quien nadie había dado vela en este entierro, defendiendo las tesis atribuidas a la mayoría 'socialista' del TC, aunque luego ha resultado que incluso esta mayoría 'gubernamental' está dividida.

Le voy a hacer un favor: voy a aliviarle a usted de una explicación a fondo entre lo que dicen unos y otros en apoyo a sus tesis, que van degradándose según se vulgarizan en los portavoces de los partidos, en algunos medios y en la calle. Basta con decir que la polémica se centra en si, como dice una parte -el Gobierno-, un Tribunal -el Supremo- pretende privar a unos españoles, los 'nietos', de su derecho a votar, mientras que la otra parte -el Supremo de nuevo- dice que dejar votar a los 163.000, o a los que sean, deformaría el resultado de las elecciones.

Ninguno de los dos bandos se atiene a los puros hechos, ni a su veraz interpretación ni a su trascendencia. O sea, que no dicen la verdad ni los unos ni los otros. Pero, con todo, la controversia ha alcanzado no pocos vatios y notable virulencia.

Lo que subyace en la España que se sitúa versus la otra España es un permanente duelo a garrotazos por el poder, entendiendo también el poder por 'yo siempre tengo la razón' y 'mi enemigo jamás la tiene, porque lo que quiere es hundir la democracia y las libertades, cargarse el Estado', etc. Este es el mensaje simplón, mendaz y cazurro que trasladamos a las generaciones que nos han de seguir, esos nietos que no han importado nunca un bledo pero que ahora cobran importancia y protagonismo ante la convocatoria electoral.

Que digo yo que más valdría dejar en herencia a esos nietos, los del exilio y los de la inmigración pura y dura, a los de aquí y a los de allá, un mensaje mucho más tolerante, de realismo y de generosidad. Y de patriotismo. Menudo ejemplo estamos dando los puñeteros abuelos a las generaciones venideras con este comportamiento tan inveraz, tan bocazas, tan guerrero y tan miserable. Cualidades odiosas que, por cierto, todos, no uno de los bandos en pugna, comparten. Lo digo para que no me acusen de algo que me horrorizaría: de formar parte de una de las dos Españas que siempre trata de helar el corazón a la otra, y viceversa.

Contenido patrocinado

stats