José Teo Andrés
Tangana, Xoel, Ferreiro, Suso
El turismo de cementerios se ha convertido en un motivo más para visitar una ciudad y comprobar, además de cómo se vive en ella, cómo se muere, y que personajes célebres descansan en ellos. Se han convertido, pues, en una parada más de los free tour como parte del turismo espectáculo con la excusa de rendir homenaje a los mitos difuntos. En Paris se visita el Pierre Lachaise para ver la tumba de Tim Morrison entre otros, en el Cementerio Central de Viena residen Beethoven, los Straus, padre e hijo, en el cementerio bonaerense de la Chacarita la estatua de Carlos Gardel suele tener entre sus dedos un cigarro encendido, eso dice la leyenda urbana, y en el de la Recoleta duermen eternamente, Eva Perón y Bioy Casarés.
Si la gente va a los cementerios a echar el rato lo lógico es que haya servicios para atender a los visitantes. El ayuntamiento de Buenos Aires ha licitado uno de los panteones, el perteneciente a la familia Girado de la burguesía argentina, para instalar una tienda de recuerdos y de café para llevar. Al resto de los próceres vivos de la clase alta con lujosos panteones, no les apetece que cuando muera uno de los suyos haya turistas tomando un café durante el sepelio. Pero cuando un ayuntamiento necesita dinero ni al vivo ni al muerto se respeta.
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