Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
De entre las muchas e inquietantes anécdotas que han jalonado el segundo advenimiento de Donald Trump, probablemente la que ha suscitado una mayor respuesta ha sido la del saludo del multimillonario Elon Musck, una estampa que pone los pelos de punta sobre todo en una Europa cada vez más acobardada y con unas instituciones más amenazadas y puestas en duda. Musk es un magnate –los cálculos más pesimistas le adjudican un patrimonio neto de 400 mil millones de dólares y la revista Forbes lo considera el hombre más rico del mundo- que ha ido amasando su inmensa fortuna a cuenta de desarrollar inteligentes estrategias en el universo de las nuevas tecnologías que se han solventado con pleno éxito, y que según su propio criterio ha ido afrontando gracias a una buena formación juvenil obtenida en centros de alta cualificación tecnológica que le han procurado un gran bagaje de conocimientos en la materia. Nacido en la capital sudafricana de Pretoria y formado en la universidad de Quebec, se graduó finalmente en Física y Economía en la de Pensilvania, y continuó ampliando conocimientos en la de Stanford en California donde, al parecer, se educan los más grandes talentos en las ciencias del futuro.
Pero su impresionante expediente en materia de tecnologías de última generación que le permitieran avanzar y triunfar en asuntos científicos y hacerse multimillonario, no siempre se equilibra con una buena educación en los procelosos terrenos del intelecto, de modo que, observándolo en la tarima, mano alzada como si fuera uno de los dirigentes más entusiastas de las Juventudes del Nacionalsocialismo de Hitler, uno siente la obligación de preguntarse si no estaría de más que todos estos cerebros que ejercen y controlan el panorama técnico y científico de última generación no serían más útiles y estarían más completos si alguien les ofreciera un par de apuntes sobre Humanidades porque estoy por apostar que el nuevo super consejero áulico de Trump al que seguramente el nuevo presidente le debe una, no ha llegado muy lejos en su libro de Historia y no tiene ni la más remota idea de por qué no puede alzar el brazo y saludar en público a la manera fascista. El requisito cultural no es el más apreciado en estas sociedades que se nos vienen encima y Musk es la prueba del 9. Que alguien le ponga al día, por Dios.
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