Manuel Orío
El mundo permisivo
La manga ancha para aplicar leyes y preceptos se está imponiendo discretamente en todos los apartados de la vida pública y quizá privada, hasta el punto de que todo vale y todo es disculpable y asumible aunque los resultados indiquen que vamos por el camino de la perdición como muy bien nos ha enseñado la encuesta PISA en la que se demuestra que nuestras generaciones más jóvenes son incapaces en un tanto por ciento que da pavor, de entender lo que leen, paso inaplazable para progresar en su formación. Las autoridades responsables de corregir este disparate ni se han inmutado, y todo sigue igual aunque en Europa comiencen a mirarnos con cierta alarma. La juventud madrileña es la que mejor comprende pero todavía está por debajo de la media en la mayor parte del territorio continental, y esa parece no importarle a nadie y menos a los que mandan, quizá porque ellos son tan analfabetos como las multitudes de chicos y chicas que tienen la obligación de cuidar meditando en los que nos aguarda por este camino en el futuro.
Es posible que todo se deba a ese súbito y comprensible pavor que ha brotado en los segmentos más iniciados de la sabiduría para los cuales la Inteligencia Artificial puede acabar a diez años vista con la Humanidad y puede ser que la solución para ello sea reconvertir en borricos a los individuos de las nuevas generaciones para que no progresen, plan que si se ha fraguado en las sentinas de Presidencia y en él han intervenido personalidades de la dimensión y solvencia del ministro Óscar López, titular de Transformación Digital y Función Pública, se impondrá seguro.
En todo caso, esa flexibilidad permisiva que atañe a todo el conjunto social se manifiesta en cada vuelta de la esquina. Hace un par de días, en una prueba extrema de carrera y fitness en Pekín, la organización permitió que una de las participantes, una atleta llamada Johanna Wietrzyk, se cagara encima y, chorreando caca, ganara la carrera, situación que ha sido muy debatida en los círculos deportivos y que ha obligado a los organizadores a expresar que meditarán hondamente sobre el asunto y que, a lo mejor, cambian el reglamento.
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