Luis Carlos de la Peña
Economistas al rescate
Más conmoción que el viaje de Trump a Pekín, más que el controvertido asunto del crucero de lujo infestado, más incluso que el último tramo de las elecciones en Andalucía, ha conseguido de un plumazo Florentino Pérez con la rueda de prensa que ha convocado, sospecho en contra de todos los consejos que le hayan podido ofrecer sus asesores de imagen y comunicación. Si no es así, es que a los que hay que despedir urgentemente es a tales asesores, por permitir que un presidente al borde de un ataque de nervios aparezca ante los medios de comunicación para ponerlos a escurrir sin aditivos ni colorantes lo que parece una paradoja. La paradoja que entraña contar a un grupo de oyentes toda la inquina que almacena hacia ellos. No se puede ni en sueños imaginar una mejor manera de pegarse un tiro en un pie. Y en caso de necesitar hacer frente al dialogo, resulta difícil construir un modo peor de decirlo.
Sin embargo, y aceptando la mayor como absurda y comprendiendo que no es ni sensato ni provechoso plantear una comparecencia ante los medios de comunicación a la brava, sin sentido común y sin filtro, algunas de sus alegaciones no carecen de sentido. Especialmente aquella en la que Florentino se pregunta cómo es posible que muchos años después de conocerse la perversidad delictiva del caso Negreira, nada se haya movido del asunto ni se hayan tomado medidas legales y judiciales para resolverlo. Todo un vicepresidente del Comité Técnico del Colegio Nacional de Árbitros de Fútbol recibía mensualmente una sustanciosa cantidad económica abonada por el F.C Barcelona en pago de su tarea para que los colegiados bajo su control fueran favorables al equipo azulgrana. La mordida se produjo rigurosamente mes a mes durante dos décadas en las que, para que no le faltara de nada, el colegiado José María Enríquez Negreira disfrutaba de un palco de uso privado en el Camp Nou y un amplio catálogo de privilegios con los que le obsequiaba y lo tenía contento el club azulgrana.
Es cierto que Florentino ha perdido la cabeza, pero el caso Negreira es una vergüenza que no se ha esclarecido ni ha castigado a sus responsables. En eso, tiene toda la razón.
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