Juan Pina
Las lindes de la democracia
En Moncloa dicen que al juez Peinado le mueve un avieso resentimiento de componente político y a lo mejor es verdad. Pero esa suspicacia que no es ajena a un determinado sector de la sociedad española, no puede de ninguna manera partir del presidente del Gobierno y mucho menos del ministro de Justicia, que se niega a sí mismo y a su propio ámbito de competencia, si especula con la honestidad del instructor de la causa que afecta a Begoña Gómez, esposa del presidente a la que ha mandado al banquillo acusándola de cuatro delitos e imponiendo la presencia de un jurado popular para someterla a juicio. Habría que imaginarse este torrente de imprecaciones, reproches y sospechas produciéndose en un proceso que no afectara en primera persona a un personaje tan potente como el presidente del Gobierno, y uno estaría en condiciones de apostarse el bigote a favor de que nadie en presidencia del Gobierno y en el Consejo de ministros emitiría ni un juicio de valor y ni siquiera una palabra si este episodio se desarrollara en otro ambiente. Félix Bolaños, que públicamente ha tratado de malandrín al juez Peinado asegurando que su instrucción habría avergonzado a muchos ciudadanos y a muchos jueces y magistrados, no abriría la boca estoy seguro si la situación afectara a alguien ajeno al entorno político, profesional y personal del todopoderoso ministro de Justicia entre otras cosas porque, en consecuencia a la responsabilidad que ocupa y las implicaciones que esta responsabilidad conlleva, no debe hacerlo. La independencia del Poder Judicial es uno de los pilares en los que se sustenta el Estado de Derecho y no es el propio ministro de Justicia el que puede abanderar las dudas sobre la honestidad y la rectitud de los jueces. Es responsabilidad suya administrar bien el ministerio y velar por la calidad del servicio a la ciudadanía, pero no entra dentro de sus competencias criticar la actitud de un juez en el ejercicio de su dignidad y mucho más si el juez actúa en un proceso que afecta a una personalidad próxima al Gobierno al que pertenece. Quien avergüenza con este comportamiento es el propio ministro y no el juez a quien escarnece.
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