Los mediocres amorales y sus partidarios

Publicado: 27 may 2026 - 08:19
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Decía Winston Churchill que la política es el único espacio donde un mediocre puede triunfar, sobre todo “si tiene partidarios”. En realidad, glosaba una célebre sentencia de Cicerón, en el sentido que peor que ciertos sujetos son sus partidarios. Y cabe añadir que Bertold Brecht, escribió en La Ópera de los Tres Centavos  que la diferencia entre el delincuente común y el respetable muchas veces es apenas el traje que llevan puesto. “Primero viene el estómago lleno, luego viene la moral”, escribió, Era una denuncia de la hipocresía: las sociedades que exigen virtud a los de abajo mientras naturalizan los privilegios y negociados de quienes están arriba. La amoralidad, definida como la cualidad de ser amoral, es un concepto que ha generado debates y controversias a lo largo de la historia. Mientras que la moralidad se refiere a las normas y valores que guían nuestras acciones y decisiones, la amoralidad se caracteriza por la falta de consideración de tales normas. Aunque puede parecer contraproducente o incluso peligrosa, la amoralidad tiene algunos significados y usos importantes en distintos aspectos de la vida. Sobre todo, en la política y en determinados sujetos como por desgracia conocemos aquí.

Pero el amoral se requinta, cuando se disfraza e invoca principios, líneas rojas intraspasables y ejemplo de solvencia moral, cuando su verdadera vida está instalada en otra galaxia, como, según el caso proclamar su pobreza como regla general para quienes profesan sus ideas; definirse feminista, siendo un putero, decir que sus actos están regidos por tales principios que nunca haría lo que se convierte en el modo habitual de acción. O aquello de que no dormiría teniendo a su lado a un sujeto con el que luego se funde en un abrazo para tenerlo más cerca. Y luego, cuando se hace todo enunciado como marco legal y moral de sus actos, de salir del paso y hacer lo contrario que determinaban sus pregonados principios. Y eso no es mentir, sino cambiar de opinión. La gran paradoja de nuestro tiempo se produce cuando la amoralidad se convierte en una virtud del sujeto que la predica. La amoralidad se convierte en la cualidad de ser amoral.  Aunque puede parecer contraproducente o incluso peligrosa, la amoralidad tiene algunos significados y usos importantes en distintos aspectos de la vida. Es su guía de vida.

Llevado el asunto al terreno de la psicología, los estudiosos de este fenómeno en la clase política relacionan la amoralidad con la imprudencia. Esto es, un hombre consciente de sus lagunas y limitaciones sabe que no dispone en equipaje necesario para ejercer ciertos cargos, sobre todo si consigue ese apoyo que decían Churchill y Cicerón y remataba Brecht. Se han realizado a lo largo del presente cientos de estudios sobre la diferencia entre moral, amoral e inmoral. El más peligroso es el amoral. Porque el inmoral reconoce que existe la ley y los principios de la ética, y los ignora; pero el amoral no reconoce otras reglas que las suyas, e incluso tiene la osadía de decir que su vida pública la rigen sus principios, que hay líneas rojas intraspasables o que siempre dice la verdad “como se enseñaron mis padres”. En ese espacio, la diferencia entre el bien y el mal pasa a ser un estorbo, un concepto abstracto, prescindible, que se refleja en la apatía social que acepte que estos usos son cosas cotidianas, asumibles de la política. Ni siquiera Maquiavelo lo formuló de esta forma.

La moral no puede ser relativa, tiene que ser completa; pero la amoralidad admite matices, proporciones, grados, capacidad de combinarse con otras conductas, según el caso la conveniencia y la ocasión. Lawrence Kohlberg, autor de la teoría del desarrollo moral destacaba que las personas, en algún momento de su vida se han preguntado en algún momento acerca de lo que está bien y lo que no lo está, sobre cuál es el mejor modo en el que ordenar las prioridades para llegar a ser una persona de bien, aplicable en este caso, por ejemplo, al ejercicio de un cargo público o de los beneficios posteriores de haberlo desempeñado, sin aprovecharse. Pero todavía la amoralidad se puede requintar cuando se adoba de cinismo, de disimular el carácter verdadero de determinados actos. Y no hace falta decir más. Hasta algunas actos y gestiones pueden, con habilidad, escapar el reproche penal sin dejar de ser amorales. 

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