Fermín Bocos
Cuando el fútbol une
En la actualidad, existe un consenso internacional claro en que el futuro del transporte marítimo no depende solo de la tecnología o las rutas comerciales, sino del cuidado real de las personas que viven y trabajan en el mar.
Si algo hemos visto es que las gentes del mar sostienen una parte esencial de nuestro mundo. Sin ellas, la vida, tal como la conocemos, no sería posible. Y, sin embargo, su realidad sigue marcada por la lejanía, la dureza del trabajo, la incertidumbre y, muchas veces, la invisibilidad y el desconocimiento de tantos que vivimos y trabajamos en tierra (lo que no se ve… para muchos no existe).
Hablamos del transporte marítimo y de la pesca, fuente básica de la alimentación para millones de personas. Según la FAO, más de mil millones de personas dependen del pescado como fuente principal de proteínas.
Sabemos que el gran reto no es solo técnico o económico; el gran reto es humano. Porque no basta con barcos más seguros o rutas más eficientes si no cuidamos a las personas que hacen posible todo eso.
A esta realidad se suman otros desafíos que no siempre son visibles: condiciones laborales cada vez más exigentes, situaciones de abandono, riesgos crecientes en la navegación, desigualdades derivadas de la globalización o los cambios tecnológicos y medioambientales que afectan directamente a marinos y pescadores. Todo ello confirma que no estamos ante problemas aislados, sino ante una realidad estructural que exige una respuesta humana, social y pastoral.
Los acontecimientos recientes nos lo han recordado con fuerza. En el estrecho de Ormuz, una de las grandes rutas del comercio mundial, el conflicto ha dejado miles de buques afectados y cerca de 20.000 marinos retenidos (datos de Organización Marítima Internacional), muchos de ellos durante semanas, sin poder volver a casa y sometidos a una tensión constante bajo el cruce de misiles. La International Transport Federation, por su parte, habla de más de mil correos electrónicos y mensajes de tripulantes en esa situación, en dicha región desde febrero, tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. No son solo cifras: son personas concretas, con rostros, nombres, familias… con vidas en pausa. Y eso nos obliga a mirar esta realidad de otra manera. Se requiere el suministro inmediato de alimentos, agua potable, realidades básicas para sostener esas tripulaciones. Desde luego, la respuesta no puede ser la indiferencia o el cruzarse de brazos.
El papa León decía en el Ángelus del pasado Domingo de Ramos: «Deseo encomendar al Señor a los trabajadores marítimos que han sido víctimas del conflicto. Rezo por los fallecidos, los heridos y sus familias. ¡La tierra, el cielo y el mar fueron creados para la vida y la paz!».
En este escenario, la pastoral del Mar no es algo accesorio; es una respuesta necesaria, una presencia que acoge, acompaña y defiende la dignidad de quienes viven en tránsito constante. Es la Iglesia que no espera, sino que toma en serio aquello que nos decía el papa Francisco de ser «una Iglesia en salida, centrada en la persona por encima de la lógica puramente económica o logística, y presente en las periferias humanas». Es la Iglesia que sale al encuentro acercándose a las fronteras, también a las invisibles fronteras del mar. Y es la Iglesia que nos recuerda que lo importante son las personas, todas, las que trabajan en el mar y las que quedan en tierra.
El lema de este año del Día de las Gentes del Mar, «María, madre marinera, haz de nosotros una barca abierta a todos», ofrece una imagen especialmente sugerente porque —en el fondo— es lo que se nos pide a todas y a todos: ser barca abierta, disponible, acogedora, cercana a toda persona. Tener un corazón comprometido que no se quede en la mirada, que dé un paso adelante, que se implique de verdad.
No se trata solo de comprender la realidad de las gentes del mar, sino de dejarnos interpelar por ella, de hacer nuestro su camino, de acompañar su travesía. En definitiva, de convertirnos —cada uno según sus posibilidades— en esa presencia amable y cercana que hace que ninguna persona, tampoco en el mar, se sienta nunca sola.
En esta fiesta de la Virgen del Carmen felicitamos a la comunidad marítima: marinos, pescadores, familias, trabajadores de los puertos, de la seguridad, de los centros Stella Maris… Todas y todos celebramos a María, la Madre marinera, y a ella nos encomendamos para que nos ayude a ser barca abierta, como lo es ella, hacia los demás.
(*) Obispo de Tui-Vigo y promotor de Stella Maris en España
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