José Teo Andrés
En el norte lo tienen claro
Hace unos días, he tenido el inmenso placer y honor de pronunciar una charla sobre nuestro oficio de periodistas a un auditorio compuesto por casi un ciento de colegiales de secundaria y bachillerato. Chicas y chicos sorprendentemente formales e interesados por el mundo de la información que, sorprendentemente, aguantaron con estoicismo y nobleza una charla de una hora con un señor canoso y mayor como yo –sospecho que un sujeto del tiempo de los romanos para todos ellos- que les contaba situaciones, causas y conclusiones relacionadas con la tarea de informar como si salieran de una chistera de prestidigitador, sin demasiado orden y concierto y sospecho, con un interés muy relativo para una audiencia que apenas sabe que todavía existen diarios editados en papel y probablemente, y dada la proliferación de plataformas tecnológicamente mucho más avanzadas, no ha leído un diario escrito en toda su corta vida.
Sin embargo, esa chavalería que es hoy y que será mañana la generación destinada a conducir el planeta y capitanear una sociedad que a nosotros los viejos nos resulta poco menos que indescifrable, tiene tantas y tan buenas hechuras que a uno se le quita el miedo a la hecatombe que asoma en el porvenir y que anuncian los agoreros al escucharlos, dialogar con ellas y ellos en distancia corta, y sorprenderse de la mucha y buena madera que se agazapara tras esa coraza de cabellos largos en la coronilla y afeitados en las sienes, tintes de colores en rizos y tirabuzones, aretes en las orejas y la nariz y dientes sometidos a corrección por un aro metálico. El problema por tanto no son ellos que están buscando incansablemente un modo de reciclar una sociedad caduca que los aburre y los cansa porque se repite hasta la saciedad, sino aquellos que tenemos la responsabilidad de abrirles el campo.
Escucharlos, comprenderlos y ayudarlos es nuestra labor y el motivo por el que, si bien nuestro tiempo ha pasado, estamos aquí todavía. Esa es la razón y en eso deberían estar sobre todo nuestros gobernantes en el hipotético caso de que pensaran con la cabeza. Vale la pena jugársela por una generación que no es de hoy sino de mañana.
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