Manuel Orío
Reflexiones habituales
El mundo que nos rodea es pródigo en situaciones que aparentemente contradicen principios inmutables. Acabo de leer un artículo gastronómico en una publicación en el que se glosan las virtudes de una freidora sin aceite, y hace unos días contemplé un anuncio en televisión en el que se ensalza el consumo de una ginebra sin alcohol. Se vende vino sin alcohol, cerveza sin alcohol, refrescos sin azúcar y pan sin harina, de modo que todo lo que habíamos creído hasta hace unos años, ahora puede ser rebatido o incluso negado.
Hace unos días, en una de esas polémicas tan propias de los finales de verano en las que las tertulias no tienen el menor deseo de debatir temas trascendentales, se originó la famosa polémica de la tortilla y el gazpacho. La discusión sobre la tortilla de patatas con cebolla y sin cebolla es tan vieja o más que las del gazpacho con o sin pepino, sin que las partes en litigio lleguen a más acuerdo que el clásico de que lo más razonable es dejarse de ortodoxias y que cada cual consuma el producto como le dé la gana. Pero yo sigo pensando que si bien en la tortilla de patatas la presencia o ausencia de la cebolla en cosa de cada uno, la creciente manía de descafeinar el gazpacho adquiere proporciones que ponen en peligro una preparación excelente, antigua y llena de propiedades. El gazpacho es una sopa fría que, en sus proporciones canónicas, lleva tomate maduro, pimiento verde, pepino, ajo, pan, aceite de oliva, sal, vinagre y agua, pero las nuevas tendencias cada vez que lo reinterpretan lo adelgazan. Si se ha conseguido poner en el mercado una ginebra que no lleva alcohol es evidente que se puede comercializar un gazpacho que no pase factura, y que aparentemente pueda considerarse más saludable. Para eso no hay más que eliminar el pepino y el ajo porque repiten, el vinagre porque produce acidez estomacal, y el pan y el aceite porque engordan. Si tenemos en cuenta que la sal es dañina porque eleva la tensión y viene rebajada, tendremos el gazpacho desnaturalizado que triunfa ahora y que no es otra cosa que un insípido batido de tomate. Eso, en su vertiente más serena. Otras modalidades recomiendan sustituir el tomate por remolacha, sandía, cerezas, fresa o incluso nada. Freiremos sin aceite y beberemos gintonic sin ginebra que parece macedonia. Pero el gazpacho no me lo desgracien.
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