José Teo Andrés
Puerto nodal
Ya nada puede sorprendernos del contenido del libro de Lucien Debray, presentado comercialmente como memorias de Juan Carlos I. Y si sorprenden ausencias y como escapa a los asuntos que realmente podrían interesar a los españoles, es insólito el modo en que disfraza hechos conocidos y ya adverados por la investigación histórica y el testimonio de personajes directamente vinculados al Conde de Barcelona. Al examinar el proceso que llevó a Juan Carlos a la Jefatura del Estado, como sucesor del caudillo, no se pueden obviar sus propias relaciones con su padre, y sobre todo el papel de este. Don Juan sufrió a lo largo de su vida repetidos desaires de su hijo, empezando por el hecho mismo de aceptar romper la llamada línea de sucesión dinástica. Pero en ese sentido, los partidarios de Juan Carlos, descargan las acciones de este, en el sentido de que romper con su padre y dejarse adoptar por Franco fue el único modo de salvar la Corona.
Curiosamente, hoy en día, los partidarios de su hijo Felipe repiten el argumento, en el sentido de que Felipe VI no ha tenido otro remedio que distanciarse de Juan Carlos I, porque los actos de este —sin esa distancia— pueden perjudicar, como es notable a la monarquía misma. Por otro lado, se dio la apariencia de que Juan Carlos quiso compensar a su padre, post mortem, convirtiéndolo en “Juan III”, un rey que nunca fue, incluido el honor de ser sepultado en el pabellón de Reyes de El Escorial. En el libro de Pedro Sanz Rodríguez “La monarquía por la que yo luché” se reproducen las conversaciones que este sostuvo con don Juan de Borbón, y relata que, al sentirse traicionado por su hijo, el conde de Barcelona exigió a Juan Carlos que le devolviera la placa de “Príncipe de Asturias” (que en realidad nunca fue, sino “de España”, puesto que don Juan nunca fue rey y era a él a quien el propio Franco atribuía esa condición). Con el tiempo, el propio don Juan entregaría esa placa a su nieto, hoy Felipe VI. Pero ese asunto tampoco tuvo un comienzo feliz. También se quejó del modo en que tuve que ejercutar su renuncia, que hubiera querido más solemne y en el Palacio Real.
El viernes 21 de enero de 1977, cuando todavía don Juan no había renunciado a sus derechos dinásticos, ni traspasado estos a Juan Carlos, previo acuerdo del Consejo de Ministros, el rey Juan Carlos dispuso que su hijo Felipe, como heredero de la Corona ostentara el título y denominación de “Príncipe de Asturias”, así como el resto de los títulos que le correspondían por su condición. Los leales al conde de Barcelona interpretaron este hecho como una bofetada en su rostro. El conde de los Gaitanes, en cuyo domicilio se hospedaba don Juan durante su estancia en Madrid, desde que Juan Carlos asumiera la corona, hizo unas declaraciones en el sentido de que la creación del Principado de Asturias había sido precipitada y que debería haber esperado a la renuncia de don Juan y no al revés.
Las leyes de familia a Juan Carlos siempre le parecieron una antigualla y nunca se sintió realmente concernido por ellas, como sucesor que era del general Franco y no de su padre. Tras su viaje a España para asistir al bautizo de su nieto Felipe (8 de febrero de 1968), don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, empezó a temer que finalmente, como ocurrió, Franco eligiera a su hijo y no a él, pese a la contradictoria postura a favor o contra de Franco, expresada en sus manifiestos a lo largo de su vida. En mayo de ese año escribió a su hijo Juanito para pedirle que abandonara temporalmente España y se estableciera durante unos meses junto a él, en Estoril. Juan Carlos le recordó que él no había hecho otra cosa hasta el momento que seguir la pauta de sus acuerdos con Franco (que incluía seguir la carrera militar en España y no la de sociología, como pensaba su padre en Lovaina) y añadió: “En estos años nada hice que te perjudique a ti o a la institución. Tú has jugado una carta; yo otra, por tu mandato. Sigue tú con la tuya y yo con la mía. Si gana tu carta, me descubro, ¡chapeau! Pero no lo veo probable. Hemos de pensar en España y en la institución”. Cuando don Juan se enteró de que Franco elegía a su hijo dijo simplemente: “¡Qué cabrón!” Juan Carlos envió una carta a su padre, que llevó personalmente a Estoril el jefe de la Casa del Príncipe, Nicolás Cotoner y Cotoner, marqués de Mondéjar. Y a partir de ese momento, comenzó a ser Príncipe de España, y no de Asturias, aunque oficialmente nunca fue reconocido como tal. Don Juan se sintió traicionado, su esposa, María de las Mercedes, fue la única que felicitó a Juan Carlos y le dijo a Mondéjar que ella se ocuparía de que el conde de Barcelona se contuviera y no hiciera tonterías.
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