José Teo Andrés
Puerto nodal
Vigo no sería lo que es sin San Simón, motivo más que suficiente para que la pequeña isla (en realidad, un archipiélago unido por un puente) forme parte del futuro Museo de la Historia de la Ciudad que abrirá donde hoy se encuentra el Verbum de Samil. Sin San Simón, el puerto de Vigo no habría crecido y la propia ciudad no habría tenido su rápido desarrollo desde mediados del siglo XIX hasta el XX. Todo comenzó con Velázquez Moreno, un astuto empresario riojano, que vio claro que San Simón podría convertirse por su emplazamiento y tamaño en un espacio perfecto para un centro de cuarentena de los barcos de América. No había ninguno en España, así que todos los buques tendrían que pasar por la Ría de Vigo. Pontevedra también lo quiso, en Tambo, pero esta vez Vigo ganó a la Boa Vila, al contrario que con la capitalidad. Aunque se le llamó después lazareto, en realidad se trataba más bien una especie de parada obligada, donde los viajeros tenían que pasar una temporada antes de desembarcar en Vigo, que era el destino final de la travesía desde el otro lado del Atlántico. Una parte del complejo se destinaba a los contagiados sin posible curación y que finalmente acababan apartados, muchos de los cuales acabaron falleciendo y siendo enterrados en la isla. Duró unos 50 años y fueron los de la expansión del puerto de Vigo, cuando se construyeron los muelles de granito que permitieron su primer desarrollo, base sobre la que se cimentó su posición comercial y de pasajeros, que impulsó Vigo. El cronista oficial de la ciudad José María Álvarez Blázquez escribió años después que San Simón “enseñó la ruta de Vigo a muchas compañías extranjeras de navegación que antes pretendían ignorarla”. Los datos sobre el impacto económico resultan aplastantes: en 1844, ya funcionando San Simón, el puerto vigués recibió 597 buques para el comercio de cabotaje y salieron 556, que al año siguiente se convertirían, respectivamente, en 631 y 606. En sus primeros doce años de funcionamiento fondearon en la Ría 2.349 barcos de todas las banderas en una ciudad de apenas 7.000 vecinos que se pobló de comercio internacional y visitantes que colocaron Vigo en el mapa, de ahí la llegada de consulados, todavía hoy abiertos. De no haber sido por su puerto, Vigo habría tenido muy difícil progresar y sin San Simón, el puerto no habrá crecido. Luego mejoraron los controles sanitarios y no hizo falta pasar la cuarentena, así que se cerró el complejo, pero para entonces Vigo ya estaba lanzado.
Muchos años después de todo eso, San Simón fue protagonista de un episodio trágico cuando sus instalaciones abandonadas fueron usadas como campo de concentración durante la Guerra Civil. Como también el monasterio de Santa María de Oia e incluso tuvo un papel similar la cárcel de Príncipe, hoy Marco.
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