La ingratitud de Juan Carlos I al hombre que le fue leal

Publicado: 26 oct 2024 - 03:51

En el interminable serial al que estos días asistimos, servido por el periodismo de cámara en revistas de peluquería y diversas televisiones, ha emergido un conocido episodio del alcance de la miseria humana y la ingratitud perceptible a través de las grabaciones, en los que el rey abdicado se despacha con una de sus más conocidas barraganas o mancebas (que es como se moteja en castellano a las amantes traspasables de determinados personajes) En la historia reciente de la monarquía española hubo un hombre fundamental, cuya función esencial, por confesión propia, era evitar que se hablara del rey. Se llamó Sabino Fernández Campo, y fue secretario y jefe de la Casa Real. Cuando falleció, el periodista José Oneto escribió que con él desaparecían una parte esencial de los secretos de la historia reciente de España. Leal y discreto, era una de las pocas personas que afeaba la conducta frívola de Juan Carlos, a quien llegó a decir, cuando este regresó en camilla de una de sus escapadas cinegético-eróticas, que un rey solo puede regresar de esa guisa si viene de la guerra. El rey honorífico, cuando habla con María García (Bárbara Rey) critica a Sabino, al tiempo que alaba al golpista Armada, quien en un libro en que se justifica dice que nunca fue desleal al rey ni golpista.

La presencia de Sabino era molesta en la Zarzuela, donde sirvió por espacio de diecisiete años, primero como secretario general en sustitución de Alfonso Armada. él era quien pedía comedimiento a los periodistas porque la reina no paraba de llorar. Se retiró dolido, decepcionado, con la amargura de ser víctima de una conspiración. Pero, sobre todo, estaba la cuestión de las amistades peligrosas del rey, alguno de cuyos exponentes iban a pasar por la cárcel, condenados en firme por delitos comunes. A propósito de la boda de Felipe de Borbón con la periodista Letizia Ortiz, algunos medios bromearon discretamente con la ausencia forzada de tres presuntos invitados, de la esfera de amistades de la familia real, que se encontraban en aquellos momentos o habían pasado por la cárcel: Manuel Prado y Colón de Carvajal, Javier de la Rosa o Mario Conde. En otras ocasiones, con menos humor, pero siempre de modo exquisito, se ha aludido a la nada conveniente relación de Juan Carlos I con personajes de la llamada “corte de Mallorca”. Entre los amigos más cercanos al rey, en la corte mallorquí se encontraba un personaje peculiar, el llamado príncipe Zourab Tchko- tova, un aristócrata georgiano que fue procesado por un juzgado mallorquín en 1978 y en 1992 en relación con presuntas estafas inmobiliarias. Del clan Mallorca forma parte Abdul Rahman El Assir, el mercader de armas hispano-libanés en busca y captura internacional tras no presentarse a un juicio por defraudar 14,7 millones a la Hacienda española, residente en Abu Dabi y que acompañaba con frecuencia a Juan Carlos I en el complejo privado desde que el mal llamado emérito vivía desde su marcha de España. Al fugado libanés le venía muy bien reverdecer su amistad con su amigo, para usarlo como escudo frente a sus problemas judiciales en España. Gracias esa amistad este delincuente, perseguido también en Francia asistió como invitado en 2004 a la boda del entonces príncipe Felipe de Borbón con Leticia Ortiz.

Sabino había empezado a ser incómodo, precisamente por el sentido que él le daba a la lealtad, entendida como decir lo que se piensa y después hacer lo que le manden. Mucho tiempo después, tras muchos meses de amargura y sufrimiento, comenzó a hablar de cómo soportó la “urdimbre” que le destituyó de La Zarzuela. Guardaba una serie de misteriosas carpetas donde se guardan los secretos de diecisiete años de leales servicios. Y decía: “Lo que puedo contar no tiene interés y lo que tiene interés no lo puedo contar. Acciones hay que por grandes deben callarse y otras que por bajas no deben decirse” […] “La discreción es el sacrificio de no contar cuanto nos apetece, pero contar lo que debe conocerse, aunque no nos apetezca contarlo”. La capacidad de este leal consejero era notable para conseguir que la prensa “mirara para otro lado” cuando se trataba de desvelar los sucedidos diversos que afectaban a la imagen del rey.

A partir de noviembre de 2011, los comportamientos “no ejemplares” de varios miembros de la familia hicieron que la prensa se ocupara de los reyes y su entorno como un tema más de la agenda cotidiana y la ubicación de las noticias sobre la Casa Real de España emigró de las secciones de vida social, deportiva o del mundo de la frivolidad a las páginas de sucesos la crónica de la corrupción. Ahora actual estrategia de los protectores de Juan Carlos pivota en los presuntos servicios prestados lo que disculparía sus “travesuras”. Buscan un nuevo pacto de silencio que, olvidados los errores coloque al ex rey al margen de su pasado, como un jubilado aficionado a la vela. Pero no se cuenta con que alguna de sus amantes era habladora y previsora.

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