José Teo Andrés
Rande en O Castro y A Guía
Arrastramos un invierno en el que las semanas se miden por borrascas y los días por desgracias provocadas por riadas que arramblan con todo. La que en octubre de 2024 arrasó buena parte de la provincia de Valencia y su entorno dejó como memoria perenne la pérdida de 230 vidas y miles de viviendas destrozadas. Y también un amargo registro de enfrentamientos cainitas entre los políticos de la izquierda y la derecha y un largo capítulo de denuncias cruzadas por negligencias, imprevisión y mala gestión que agravaron las consecuencias de la catástrofe. La derivada judicial todavía sigue latente en los tribunales. La política se sustanció a medias tras la dimisión a cámara lenta de quien ocupaba la presidencia de la Generalidad, Carlos Mazón. Por contra, nadie de la órbita del Gobierno central ha reconocido responsabilidad alguna en los hechos, pese a la mezquina renuencia inicial a la hora de proporcionar los medios estatales para hacer frente a la riada.
El contraste entre lo que ocurrió a raíz de la dana de Valencia y las borrascas que en las últimas semanas han venido anegando amplias zonas de Andalucía es muy llamativo. Se diría que los políticos han aprendido la lección. Si allí hubo renuencia y cálculo por parte de los dirigentes políticos -Mazón por no requerir desde el primer momento la ayuda del Estado y Sánchez por no declarar el estado de emergencia- , aquí todo ha sido colaboración entre la Junta de Andalucía y el Ejecutivo. El presidente andaluz, Juanma Moreno Bonilla, pidió la intervención de la UME y hemos visto al presidente del Gobierno sobrevolar las zonas afectadas. Lo que no vimos o tardó en llegar a Valencia, en Andalucía ha estado presente desde el primer momento. La normalidad con la que estamos asistiendo a la colaboración entre las respectivas administraciones -la autonómica y la estatal- se convierte en noticia por contraste con la incapacidad de unos y el avieso cálculo de otros que se evidenció en ocasión de la tragedia provocada por la riada en Valencia.
Que sea noticia lo que por normal debería ser costumbre conduce a la melancolía. ¡Qué tiempos estos en los que llama la atención lo que debería ser evidente¡
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