Antonio Casado
Presuntos españoles
Hemos sabido ahora, siguiendo al Gobierno, que su agencia demoscópica de cabecera, o sea el CIS que antes era de todos y hoy es del doctor Tezanos –sabio catedrático que ya debería por edad y legislación, estar jubilado- otorga una ventaja que alcanza una ventaja récord de 11’8 puntos sobre el PP en las encuestas. Pero también hemos sabido al hilo de las movilizaciones de Sol y el fallecimiento de Maricarmen, que barcos de guerra de Marruecos han irrumpido en aguas jurisdiccionales españolas al tiempo en que se producía la invasión por la frontera, una llegada sorpresa de 80.000 fugados del país vecino entre los que también vamos sabiendo que se habrían infiltrado grupos secretos de policías y militares. Esta información nos la han contado ahora cuando ya poco se puede responder a una agresión que revista una gravedad muy superior a otros muchos episodios contabilizados de pasadas actuaciones. Pero lo más grave de esta historia es que, según los medios de comunicación que han seguido el tema, el Rey tampoco fue informado a tiempo. Y la situación no es ni mucho menos anecdótica y no se puede despachar con la ligereza e irresponsabilidad con la que Elma Saiz explica las relaciones con la monarquía alauita y el gobierno supeditado a ella, que compone todos estos incidentes provocados para ir catalogando el grado de debilidad o fortaleza con los que Madrid responde.
Y es de una gravedad absoluta que una fragata de la Marina de Marruecos ingrese sin permiso en aguas españolas y que el Rey no lo sepa a tiempo porque es precisamente el Rey quien ostenta el cargo de Capitán General de las Fuerzas Armadas y por tanto quien, en un escenario como el descrito, asume el mando supremo. Felipe VI, nada más conocerlo, citó a la ministra de Defensa Margarita Robles y al jefe del Estado Mayor de la Defensa, Teodoro Esteban, para evaluar el marco de la crisis y determinar las decisiones a adoptar para contrarrestarla. Al Rey se le ha advertido profundamente disgustado por el discurrir del suceso. Lleva razón. En realidad compartimos su disgusto y la razón la llevamos todos.
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