Carmen Tomás
Abril puede ser peor
A lo largo de la historia se ha ido definiendo al hombre partiendo de - y quizá absolutizando- uno de sus aspectos constitutivos. Del “hombre político” de la antigüedad se ha pasado, sucesivamente, al “hombre religioso” medieval y al “hombre científico” de la modernidad, con sus inevitables extensiones; entre ellas, el “hombre trabajador” del progreso industrial y el “hombre virtual” de la presente era digital.
Un teólogo portugués, con gran parte de su obra traducida al español, João Manuel Duque, sostiene, en la estela de la hermenéutica y de la filosofía del lenguaje, que, como decía el pensador alemán Hans Georg Gadamer, en el proceso de comprensión “llegamos demasiado tarde siempre que pretendemos saber lo que deberíamos creer”.
Así, la confianza en el maestro hace posible que el alumno avance en la adquisición personal del conocimiento. De modo análogo, lo que hemos recibido – entre otros bienes, la vida, la lengua, la cultura – permite el despliegue de uno mismo y el alcance de alguno de los objetivos que podamos perseguir. El creer precede al saber, lo recibido a lo conquistado.
El hombre es muchas cosas – un ser religioso, trabajador, capaz de comunicarse, de actuar en sociedad, etc.- pero, de modo primigenio, es un “creyente”. Esta dimensión constituye la más fundamental del ser humano. Cuando el hombre toma conciencia de ello, se acepta como originado y no como origen y fin de sí mismo y del mundo y actúa en consecuencia cuando se acoge a sí mismo como don gratuito y se da a los demás gratuitamente.
La fe cristiana hace concreta esta dimensión universal del hombre. El cristiano cree en Jesucristo, muerto y resucitado. La Pascua de Jesús – su “paso” de este mundo al Padre a través de su muerte en la cruz y de su gloriosa resurrección – funda el cristianismo y está a la base de todas las manifestaciones – culturales, litúrgicas y devocionales - de la Semana Santa. El cristiano no sacrifica, al confesar la Pascua de Jesús, su condición humana – su carácter de “homo credens”- sino que la perfecciona, llevándola a su plenitud.
No hay noticia más digna de ser creída que el anuncio pascual. Como dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce…”.
La Pascua de Jesús es el elemento medular del cristianismo y de su credibilidad. Se trata de un acontecimiento histórico y trascendente, de la irrupción de algo completamente nuevo cuyas huellas, no obstante, se pueden rastrear en la historia - desde el amanecer del primer día con las mujeres ante el sepulcro hasta el testimonio de los apóstoles con el nacimiento y rápido desarrollo de la Iglesia -. La novedad de la Pascua de Jesús no consiste en la revivificación de un cadáver, del retorno de un difunto a esta vida terrena, sino en el “salto cualitativo” que transforma la vida amenazada por la muerte en vida definitiva que deja atrás el poder de la muerte.
El anuncio de este tránsito de la vida que se acaba a la vida eterna interesa a todo hombre, al ser potencialmente, originariamente, “creyente”. Es el anuncio del triunfo del amor de Dios que hace que la vida se abra al porvenir y a la esperanza. Es el anuncio del Dios de vivos que destina al hombre a compartir su vida; del Dios de la esperanza, del consuelo y de la paz que responde al anhelo de esperanza, de amor y de justicia. También aquí, como en todo proceso de comprensión, el “creer” precede y posibilita el “saber”. Se trata de un desafío que pide ampliar, sin jamás anular, la racionalidad humana para abrirse a la primacía de la confianza y de la donación.
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