José Teo Andrés
Puerto nodal
Hace 30 años Baltasar Garzón era juez y héroe, el hombre metódico y callado que jugándose la piel y con el Derecho como arma logró meter en la cárcel a la plana mayor del narcotráfico de Arousa, que entonces se manejaba en un régimen de absoluta impunidad, con el equipo de fútbol de Sito Miñanco como marca de una época.
Pasó ayer Garzón por el acto de 40 aniversario de Érguete, y aunque el tiempo ha sido benévolo con su figura, en perfecto estado físico a sus casi 70 años, me temo que poco queda dentro de aquella cabeza prodigiosa. Baltasar Garzón ejerció como juez en la Audiencia Nacional desde 1988 hasta su expulsión en 2012, con idas y venidas a la política, primero con Felipe González y luego contra el expresidente del Gobierno tras regresar a la magistratura, donde su protagonismo creció con la imputación del tétrico Pinochet, la cuestión sobre las fosas del franquismo, Guantánamo y el caso Gürtel, una red de corrupción política que involucró a integrantes del Partido Popular. En esta investigación, la soberbia de Garzón le llevó a autorizar escuchas a los abogados de los acusados, un acto considerado ilegal por el Tribunal Supremo.
El exjuez es ahora un abogado de un potente despacho que se ha significado por contar entre su clientela con personajes en la órbita de Maduro. Además, es marido de Lola Delgado, cuyo paso por la política sirvió a Doc PS para dar forma al sanchismo como mezcla de chulería y ocupación sistemática de las instituciones. Lola saltó de ministra socialista de Justicia, varias veces reprobada en el Congreso, a fiscal general del Estado, para que quedara bien claro a quién servía. Lo que vino después solo es la lógica consecuencia del sanchismo desatado.
Garzón lo fue todo, y Érguete recordó con lógico cariño a aquel juez valiente que se atrevió a poner en marcha la operación nécora. La que marcó un tiempo pasado que al menos en su caso sin duda fue mejor.
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