Fernando Jáuregui
Solo faltaba ella
La libertad moderna no radica únicamente en las instituciones o en las urnas. Se asienta también en el zumbido discreto del frigorífico, en el agua caliente de la ducha, en una farmacia que abre, en un hospital que funciona o en una fábrica que no se detiene por caprichos de la meteorología. Empieza en esa confianza ciega en que lo básico estará ahí cuando lo necesites.
Únicamente cuando falta, cuando no está, entiendes verdaderamente su importancia. No hablo de romantizar la decadencia, como sucedió durante el apagón del pasado año. No hablo de una tierna cena a la luz de las velas, que dura un rato y luego vuelves a tu Instagram. Hablo del regreso inmediato a lo medieval. Sin energía no existe la vida moderna, ni el bienestar, ni el progreso. Hay únicamente supervivencia.
La energía es el cimiento sobre el que se edifica todo cuanto tenemos. Si no hay cimientos, todo el edificio se tambalea. La cadena alimentaria, el transporte, la industria, las comunicaciones, la calefacción, la refrigeración, la sanidad, la educación, los centros de datos, la banca, la seguridad. Todo. La modernidad es un pacto silencioso con la física. Y la física, queridos, ni se negocia ni se escribe en el BOE.
Los países ricos del mundo llevamos años hablando de electrificarlo todo, el coche, la cocina, la calefacción, la industria, la economía entera. Como si la electricidad fuera una suerte de maná infinito que sale del enchufe por voluntad divina. Y al mismo tiempo, la tratamos fiscalmente como si fuera un lujo. Como si consumir electricidad fuera un vicio que conviene castigar, no un requisito para vivir y producir. El resultado es una incoherencia que ya nadie discute. Además de una inmoralidad manifiesta.
El recibo se ha convertido en un cajón de sastre. Ahí cabe todo lo que un gobierno no se atrevería a explicar en una campaña. Cargos, impuestos, recargos, dobles y triples gravámenes, mucha moralina y una lucrativa recaudación. El ciudadano ve una cifra final y un bosque de conceptos incomprensibles. Y se resigna. Esa resignación es el gran triunfo del intervencionismo. Si lo haces suficientemente complejo, nadie lo cuestiona. Si lo haces recurrente, se convierte en cotidiano. Y lo cotidiano ya no es un problema.
La energía es competitividad. Es inversión. Es empleo. Es la base de la industria, es digitalización que no despega si la red no llega. Es una empresa que mira el mapa y elige irse a otro país. Es un hogar que recorta calefacción porque no llega a fin de mes. La energía es tiempo, porque la energía libera tiempo humano. Sustituye esfuerzo por productividad. Reduce trabajo físico. Permite estudiar, trabajar, cuidar, moverse, curarse, emprender. Sin energía la vida no es más austera, sino que es más corta, más dura, más triste, más frágil. Es peor, mucho peor. Es como siempre fue, hasta que conquistamos la energía. Miseria.
La energía cara no castiga a todos por igual. Castiga más al que menos tiene, al que vive en una vivienda peor, al que tiene malas ventanas, al que no llega a fin de mes, al que no tiene margen para comprar un equipo eficiente, al que tiene que andar mirando a qué hora ponerse a planchar. Hablamos de pobreza energética como si fuera un fenómeno meteorológico. No lo es. Es política. De hecho, es el resultado de una mala política. No es un problema técnico, es un problema moral.
La transición energética, la transformación digital, la industria del siglo XXI, todo eso tan repetido depende de lo mismo: una electricidad abundante, fiable y competitiva. Limpia, en la medida de lo posible, pero fiable y competitiva siempre. Cuando se invierte el orden de prioridades, cuando se sacrifican la fiabilidad y la competitividad por el relato, el resultado es siempre decadencia maquillada de buenismo.
Tratar la electricidad como si fuera un artículo de lujo es como poner un peaje a la alfabetización. Funciona bien como instrumento recaudatorio, pero estás encareciendo el mecanismo que hace posible una vida digna. Y además lo haces con un sesgo cruel, la regresividad impositiva. El que menos tiene es el que más sufre cuando conviertes la energía en un bien de abuso fiscal.
Si la energía es el nervio que mueve todo, el Estado no puede tratarla como una tentación pecaminosa ni puede usar el recibo como una caja registradora. La energía es como el aire al respirar. Si te falta un poco, todavía caminas. Si te falta más, te tienes que sentar. Si te falta de verdad, te desplomas inconsciente. Puedes sostener la ilusión un tiempo a base de parches, subvenciones, excepciones y trucos contables. Pero al final te desplomas, inconsciente, como inconscientes son los que han diseñado esta política energética que nos asola.
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