Fernando Ramos
Los malos modos de Patxi López
Donald Trump ha metido al mundo en una guerra de la que, a estas alturas, nadie sabe muy bien cómo va a terminar ni quién saldrá vencedor, habida cuenta de que los bombardeos norteamericanos contra Irán, llevados a término conjuntamente con Israel, tenían como objetivo acabar con el régimen de los ayatolás. Cinco semanas después del inicio de los ataques ese objetivo no se ha cumplido ni hay indicios de que esté en marcha algún tipo movimiento o revuelta interna en Irán que permita avizorar el fin de la dictadura.
Y lo más preocupante: la respuesta iraní atacando no solo a Israel y a las bases norteamericanas en la región sino a los diferentes países del Golfo Pérsico -emiratos y la propia Arabia Saudí- ha conseguido incendiar la región, afectando a las instalaciones petrolíferas y gasistas y paralizando buena parte del transporte marítimo que tiene su cuello de botella en el Estrecho de Ormuz.
Las amenazas de Trump, el ultimátum con prórrogas, los continuos giros de guion invitan a pensar que Washington entró en guerra sin tener un "plan B". Sin ponderar el colosal impacto que iba a provocar en la economía norteamericana y por contagio en la del resto del mundo a resultas de la subida del precio del petróleo. Los expertos hablan ya del riesgo de estanflación. A diferencia de Israel y de su primer ministro Benjamín Netanyahu, que tenía claro desde el inicio de los ataques que su objetivo era descabezar a la cúpula política y el mando militar iraní -dos docenas de líderes han sido eliminados-, destruir el mayor número posible de instalaciones militares susceptibles de ser el origen de los ataques con misiles y drones y rematar el ataque a las plantas de enriquecimiento de uranio que ya habían sido bombardeadas en junio de 2025.
En la infernal lógica que emana de la ley del talión, Israel tenía una cuenta pendiente con los ayatolás como patrocinadores de Hamás, el grupo terrorista palestino que perpetró la masacre y la toma de rehenes del 7 de octubre de 2024. Netanyahu arrastró a Trump a la guerra y ahora el mandatario norteamericano comparece desnortado. Intentando implicar a la OTAN en un conflicto ajeno a las coordenadas fundacionales de la Alianza y quejándose ante la falta de colaboración de los aliados de quienes pretendía que enviaran barcos a patrullar en las aguas del Estrecho de Ormuz.
Arriesgó mucho en una apuesta en la que no calculó que si el régimen iraní no caía en un par de semanas y devolvía los golpes, la guerra iba a salpicar a las monarquías del Golfo. Y, de paso, desequilibrar la economía mundial. Una guerra fallida. Esperemos que acabe pronto.
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