Gloria y miseria de lo singular

Publicado: 23 abr 2026 - 03:00
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Opinión. | Atlántico

Cuando se producen situaciones tan dramáticas como la de Morante de la Puebla -al que el cuerno de un toro le entró por el tercer ojo diez centímetros en el cuerpo- es incluso comprensible preguntarse si esto del toreo es cultura o un modo increíblemente cerril de combate entre un humano y una bestia espléndida. Pero está claro que vivimos en una sociedad plagada de debate en todas sus facetas y adicta por añadidura a las contradicciones, un aspecto de nuestros genes como pueblo que suele añadir intensidad a las posiciones que con carácter casi general discuten y proponen un eterno desencuentro. Por ejemplo, un partido de fútbol se detiene inmediatamente y se aplica con la máxima severidad el protocolo anti racista, cuando se producen en la grada comportamientos que alientan violencia y vejación con tintes de homofobia, lo cual es absolutamente natural y necesario y toda persona de buena voluntad debe acatarlo y defenderlo. Sin embargo, no existe protocolo alguno cuando, en el curso de otro partido de fútbol, se establecen y generalizan respuestas violentas, insultos y vejaciones ensordecedoras cuando lo que suena es el Himno Nacional, una de las melodías más viejas del actual mundo, con ancestros en los albores del reinado de Carlos III como marcha de las tropas de granaderos. Y además es de todos.

No hay en Europa abundancia de pueblos que chiflen al sonido del himno nacional y que griten a voz en cuello “español el que no bote” como hacen ciertos sectores de apetencia separatista con el nuestro. Es un comportamiento inadmisible y me gustaría saber qué pasaría en Francia si en una celebración se abucheara “La Marsellesa”, un himno cuya letra por otra parte pone los pelos de punta porque anima a cometer asesinatos a diestro y siniestro. O qué tipo de decisiones adoptarían en Gran Bretaña si se produce esta situación y se vilipendia el también veterano “God save the King”. Estas cosas no solo nos distinguen de nuestros compadres de continente sino que nos colocan en situaciones tan incomprensibles para nuestros foráneos como muy feas. Y esa singularidad que nos separa del resto empieza a ser insufrible. En definitiva, una cosa es la libertad de expresión y otra, abuchear lo que tiene que ser respetado y cuidado.

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