¿Dónde están los de las gambas?

Publicado: 08 feb 2026 - 02:30
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Opinión. | Atlántico

Hace ya tiempo que el sindicalismo en España se ha convertido en un mero elemento ornamental de la izquierda. Suelen salir de su retiro gastronómico siempre tarde, cuando ya hay funerales. Posan con gesto grave, piden medidas (en abstracto) y vuelven a la moqueta a hacerse fotos con los ministros del ramo para seguir justificando lo injustificable de su existencia. No nos engañemos, UGT y CCOO llevan años perfeccionando ese género, algo que hemos vuelto a ver con crudeza tras los accidentes de Adamuz y Rodalies.

No digo que no hayan dicho nada. El problema es que han dicho lo de siempre y lo han dicho tarde, como siempre. Minutos de silencio, condolencias, palabras grandilocuentes. Pero el problema es la agenda moral, la de subirse a la ola cuando la tragedia ya ha ocurrido y todo el país está mirando. La seguridad hay que pelearla antes, cuando todavía no hay ataúdes ni cámaras.

Avisos hubo, de sobra. Meses de protestas, avisos técnicos, quejas acumuladas por parte de maquinistas y otros trabajadores del ferrocarril. Incidencias repetidas, infraestructuras que envejecen y una sensación a la que nos estamos acostumbrando demasiado rápido, la de que todo parece sostenerse con cinta aislante. En un escenario así, el sindicalismo útil debería comportarse como un detector de humo, no como un servil agente del gobierno.

Los sindicatos mayoritarios, desafortunadamente, han dado la impresión de siempre, la de estar en otra cosa. Donde están habitualmente, en realidad. En ese impostado “diálogo social” que no deja de ser ese lugar confortable donde no incomodar demasiado al gobierno…a no ser que sea de derechas. Cuando la izquierda gobierna, UGT y CCOO no actúan como un contrapoder, sino como una parte más del ecosistema institucional. Fingen una indignación comedida, lo justo para no parecer mudos, pero se callan con la precisión quirúrgica necesaria para no incomodar al que manda.

La realidad es demasiado prosaica para que ellos la acepten. El sindicalismo no ha creado jamás un puesto de trabajo ni ha conseguido nunca que se incrementen los salarios generales de los trabajadores. Han conseguido subir los salarios de algún colectivo concreto en alguna industria determinada, pero eso no equivale a elevar el nivel salarial de todos (aquí está la trampa). Si el aumento salarial se obtiene por presión y no por productividad, alguien está pagando la cuenta y a estas alturas ya tendrán ustedes bastante claro quién es ese alguien.

La conclusión es real y demasiado incómoda. Los sindicatos no crean riqueza. No hacen que la riqueza a repartir sea mayor. Lo que hacen es pelear por un reparto distinto de esa riqueza en sectores concretos, pero no convierten un país pobre en un país rico. Si así fuera, la receta del progreso sería trivial. Bastaría con sindicalizarlo todo. Les recomiendo leer a Hazlitt, nos recuerda que el salario real no depende de lo que se firma en un convenio, sino de lo que produce una economía, de su capital, de su tecnología y de su productividad. El papel lo aguanta todo, el carro de la compra, no.

En España, además, el problema tiene una capa de adicional de inmoralidad. La financiación de los sindicatos y su hábito de vivir en el perímetro de la subvención y la participación institucional. Cuando un sindicato depende del dinero público, deja de ser un antagonista natural del poder. Son un agente político más, incapaz de alzar la voz ante un gobierno de izquierdas y demasiado proclives a perdonarles cualquier cosa. Como mucho, morderán con celoso cuidado la mano que les da de comer, sin hacer demasiado daño y pidiendo disculpas después.

Su actitud ante tragedias como las que hemos vivido es cristalina. Jamás hacen lo que deben y la pregunta, por tanto, es muy sencilla. Si el sindicalismo mayoritario llega siempre tarde, no mejora los salarios reales y, además, funciona como apéndice del poder cuando gobiernan “los suyos”, ¿para qué sirve? Un sindicalismo que hace oídos sordos a las quejas de los trabajadores y que mira para otro lado mientras este gobierno corrupto enchufaba a “sobrinas” en ADIF, ¿qué nos aporta? Si ni siquiera con 46 cadáveres encima de la mesa son capaces de hacer nada, ¿a quién representan? Les da exactamente igual. Pide otra de gamba blanca, Unai, que la vida sigue.

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