Manuel Fernández Ordóñez
El CO2 como coartada para encarecer la luz
En el evangelio según san Marcos se dice que Jesús eligió a los Doce, a los apóstoles, “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar los demonios”. Tienen que estar con él para conocerlo, para captar su singularidad y poder así llevar su mensaje al mundo. Pero el mundo al que se dirigen está dominado por los poderes del mal, a quienes deben combatir exorcizándolo, liberándolo de las posesiones diabólicas.
San Pablo detalla algo más ese combate: “nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire”. Se trata de adversarios llenos de maldad esencial y mortífera, que atacan incansablemente, que no tienen verdadero nombre sino designaciones colectivas, con posiciones opacas e inexpugnables.
Seríamos ingenuos si descartásemos estas advertencias como míticas o propias de otra época. ¿Acaso no verificamos cada día que lo cristiano, y hasta lo humano, está amenazado por una atmósfera anónima que intenta que la fe – e incluso la defensa de la dignidad de la persona – parezca ridícula y carente de sentido? Joseph Ratzinger, con su lucidez habitual, se preguntaba: “¿Y quién no verá que existen intoxicaciones universales del clima espiritual que amenazan a la humanidad en su dignidad, incluso en su existencia? El individuo humano, incluso las comunidades humanas, parecen entregadas sin esperanza a la acción de estos poderes”.
Es preciso estar atentos para no dejarse engañar por los demonios que hacen añicos cualquier intento de coherencia, separando lo que debería permanecer unido – el hombre y la razón, la dignidad y el respeto, la justicia y la paz, el lenguaje y el entendimiento … -. Pero no cabe escabullir la propia responsabilidad atribuyendo todo a los poderes anónimos y a las argucias diabólicas. El diablo está, a pesar de las apariencias, muy limitado: “No es capaz de crear nada: esta es la fuente perenne de su rabia. Solo puede subvertir, desviar y pervertir con vistas a la ruina: es esto lo que hace que el mal sea tan asfixiante y monótono”, escribe el obispo noruego Erik Varden.
Se dice que, en los famosos correos y mensajes de un personaje reciente, al parecer ya fallecido, figuraba una cita del “Paraíso perdido” de John Milton, quien ponía en labios de Lucifer la siguiente proclama: «Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo». Gran parte de los “amos del mundo”, de las élites mundiales, parece estar completamente podrida. Les pasa, quizá, lo que a su jefe de filas, que no son capaces de crear nada bueno, sino que sus energías se desgastan en tratar de corromperlo todo, de arruinarlo todo, de emponzoñar hasta lo más puro e inocente.
Pero no solo los “grandes” de este mundo son peligrosos. La oscuridad también está presente en nuestra inteligencia aturdida y en nuestra razón siempre que pretende transformar la noche en día, el mal en bien, el crimen en derecho o la libertad política en el seguidismo acrítico de consignas malintencionadas al servicio de intereses siniestros. A veces el mal da la cara abiertamente y nos sobrecoge aún un poco y hasta nos conmueve en lo que dura una noticia en el telediario: un bombardeo sobre una escuela, el implacable acoso sobre una población civil indefensa, el trato degradante dispensado de modo gratuito y obsceno a otros seres humanos que, quizá sin los papeles en regla, comparten el mismo país.
Otras veces el mal es más sutil. Se disfraza de bien, de ángel de luz. En estos casos, en los que reina tantas veces la hipocresía, hay que aguzar la vista y el ingenio. La democracia no puede reducirse a un mero procedimiento; sin moral, sin un sólido fundamento ético, deriva en tiranía. Lo ha dicho recientemente el papa León XIV. Habría que hacer algo de caso a esta advertencia.
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