Benito Iglesias
Tiene España un gobierno contra el Estado?
Ignoro si tras la visita del Papa León, las iglesias van a volver a llenarse, si va a crecer el número de jóvenes católicos o si va a resurgir la espiritualidad en un mundo cada vez más descristianizado. No lo sé. Tengo dudas. Lo que sí creo es que los católicos nos hemos ganado un cierto respeto por parte de los poderes públicos -no mordemos, no somos peligrosos, no vivimos en otro mundo, no somos más de derechas o más de izquierdas que otros, somos más o menos normales- y también el derecho a no tener ningún complejo para confesar lo que somos, para vivir nuestra fe con respeto a los que piensan diferente o para exigir el trato que los poderes públicos deben dar a una parte muy relevante de la población. Un estado aconfesional no es un Estado laico ni un Estado que puede ignorar las realidades. Y el país en el que vivimos no se puede entender sin los valores cristianos, sin el arte, la cultura, las tradiciones y el pensamiento cristianos. España es lo que es por su historia. Y su historia hunde las raíces en los valores cristianos. El anticlericalismo de tantas gentes de izquierdas y de algunas de la extrema derecha no es que sea viejuno, es que no tiene ningún sentido. El interés del Gobierno y de muchos de esos izquierdistas de salón por decir y decidir lo que podemos y no podemos hacer o pensar, lo que está bien y lo que está mal, por encerrar la religión en las capillas o excluir el conocimiento de la historia de las religiones de los centros educativos, por intentar acabar con ellos mediante la asfixia económica, no solo es un error, es un disparate.
Es cierto que la Iglesia española tiene que cambiar muchas cosas y, sobre todo, tiene que ser y presentarse ante la sociedad como lo ha hecho en la visita de León XIV: abierta, dialogante, moderna, con protagonismo de los jóvenes, firme en sus convicciones pero respetuosa con todos, defensora de la vida desde su inicio hasta el final, solidaria, acogedora de los excluidos y de los más desfavorecidos, abierta e integradora con el que viene de fuera. Acogedora de todos, todos, todos. Tiene que salir a buscar no sólo a los que reclaman la trascendencia que se ha dejado perder sino también a los que se han ido. Y también tiene que hacer presentes de una manera mucho más activa y valiente -no tanto los obispos como los católicos laicos- el pensamiento cristiano, el humanismo cristiano, la doctrina social de la Iglesia, mucho más avanzada que lo que se predica en muchos casos desde la izquierda, la verdad, la justicia, la escucha, el encuentro. Desarmar la paz y las palabras.
La Iglesia tienen que hacer también autocrítica y analizar por qué ha perdido su lugar en la sociedad, cuando millones de ciudadanos han salido a la calle en el momento en que han sido convocados por una voz sin complejos que ha llamado a las cosas por su nombre. También tiene que hacer autocrítica de lo que ha hecho mal. Y el asunto de los abusos no es el único, pero es fundamental. Sin una plena reparación de todos los daños causados y sin medidas efectivas de prevención para que no se repitan, no será suficiente. Sin escucha, acogida y reparación, nada es suficiente. La Iglesia lo está haciendo. No toda, pero sí la mayor parte. Y eso no debe hacernos olvidar que la mayor parte de los abusos y de la pederastia se sigue produciendo y en infinita mayor medida fuera de la Iglesia: en las familias, en los centros escolares o deportivos, sin que seamos capaces de poner punto final a esa lacra terrible.
Esto no es cosa de bichos raros. Patti Smith, la reina del punk, premio Princesa de Asturias de las Artes, una vida consagrada a la belleza, a la música, a la poesía y, también a Dios, ha dicho que este mundo "necesita más que nunca de nuestra comprensión, de nuestro trabajo y de nuestro compromiso para seguir llenándolo de amor y de respeto hacia los demás". Los católicos debemos pasar ahora de la emotividad a la acción. Luchar por la paz, poner en el centro a las personas y evitar la ideologización de la fe. Incluso en regiones más descristianizadas, como Cataluña, el viaje del Papa ha sido una demostración de que la fe sigue viva. Muchos cristianos y no cristianos han descubierto a León XIV, un Papa grande y claro. Ahora nos toca a nosotros reflexionar, liderar y llevar los valores cristianos no sólo a nuestro interior, sino a la calle, a la política y a la sociedad. Alzar la mirada. Falta hace.
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