Nemesio Rodríguez Lois
¿Hallowen o Santa Compaña?
Se habla de error humano, acaso el de algún operario que andaba tratando de arreglar algún elemento averiado de la línea y que, a causa tal vez de una momentánea desconexión de los sistemas automáticos de seguridad en ese instante, no alcanzó a avisar al maquinista del tren de Renfe en marcha de que había detenido delante de él otro tren en la misma vía.
Se habla de error humano, y puede o no que haya sido ese el que desencadenó el terrible accidente ferroviario de Urda, pero no se habla tanto del error humano anterior que lo propició: el de mantener saturada una línea de alta velocidad concebida para la relación Madrid-Sevilla con unos pocos trenes al día, y que hoy, operada por varias compañías y transportando a decenas de miles de pasajeros diarios en un trasiego constante, no es que sea difícil de mantener en óptimas condiciones de seguridad, sino que es, como dramáticamente se reveló en el accidente de Adamuz y ahora en el de Urda, poco menos que imposible.
La catástrofe de Angrois también se atribuyó a un solo error humano, el del maquinista del Alvia que se distrajo en una curva fatal, pero también entonces se hallaba en el trasfondo un error humano propiciador: el de quien disfrazó una línea convencional llena de remiendos en una falsa de alta velocidad. Los errores humanos, en cualquier caso, se encadenan, y ante ellos desfallece la ficción tecnológica de la seguridad total, si bien no es lo mismo circular a cien kilómetros por hora que a trescientos, cuando cualquier imprevisto, cualquier contingencia, no ofrece margen para evitar el alcance, el descarrilamiento o la colisión.
Imposible obviar, por tanto, el error humano -y político- del abandono del tren convencional para apostarlo todo por el veloz casi sin transición. Errada fue la decisión de desarticular el territorio con la masiva clausura de las líneas clásicas que lo vivificaban, y errada su sustitución por las que cruzan a toda velocidad, sin verla, la España vaciada; pero hoy, aunque pertinente esa reflexión, no cabe sino el dolor compartido, agudo e indignado, ante el accidente que tantas vidas se ha cobrado. Ingenieros y expertos ferroviarios dilucidan sus causas, pero, más allá de las técnicas, hallarán siempre errores humanos.
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