Fernando Jáuregui
Ahora Trump, ya sabe dónde está España
La selección nacional de fútbol no solo es la mejor del mundo como acaba de demostrar ante una Argentina a la que superó en todas las facetas del juego, sino que ha mostrado a lo largo de este mes y medio de competición lo que significa el ánimo y el compromiso de un grupo de jóvenes capaces de ofrecer al país un ejemplar modelo de convivencia capaz de cautivar a toda una sociedad ansiosa de distensión, sencillez y sensibilidad, y mostrando de paso a su clase política no solo la absoluta necesidad de restablecer este hábito imprescindible, sino lo que es más difícil, el camino para conseguirlo.
Vivimos en un país incomparable, hermoso y tan sólido y milenario que resiste incluso a las veleidades y desatinos de sus propios gobernantes, y este combinado de elementos de una generación que llega sin piedras en la mochila y libre de viejos vicios atávicos, nos enseña que hora es ya de dejarlos atrás para que los escenarios que los crearon pasen a formar parte de la materia de estudio para historiadores. Los futbolistas que han dado forma, cuerpo y espíritu a este grupo admirable capaz de conquistar una Copa del Mundo bajo la batuta de un riojano modélico en capacidad, sensibilidad, humanidad y competencia profesional llamado Luis de la Fuente, pertenecen a una grupo social y generacional que se mueve en un paréntesis temporal que abarca aproximadamente diez años, los que separan a Lamine Yamal o Cubarsí de Laporte o Borja Iglesias. Proceden de muy distintas partes del país con una más amplia representación de Cataluña –de donde son David Raya, Joan Garcia, Marc Cucurella, Marc Pubill, Eric García, Pau Cubarsí, Dani Olmo, Víctor Muñoz y Lamine Yamal- seguida por la vasco-navarra donde nacieron Unai Simón, Martín Zubimendi, Mikel Merino, Mikel Oyarzabal y Nico Williams- pero los hay también extremeños, andaluces, madrileños, canarios, gallegos como don Borja, levantinos como don Ferrán, y un francés nacionalizado. Un variopinto grupo de chavales de aquí y de allá, sensatos, maduros, amables, cercanos, comprometidos, victoriosos y los mejores del mundo en lo suyo, capaces de practicar y enseñar un modelo de convivencia que merece la pena calcar para seguir tirando.
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