Carmen Tomás
Dónde está el dinero
Para los que no somos de esa parte del territorio patrio que se desempeña de Despeñaperros hacia abajo, la Feria de Abril es un fenómeno que nos sorprende más de lo que nos atrae. Andalucía es muy grande y tiene muchos habitantes, casi nueve millones que la convierten en la región más poblada del país, en cuya ámbito se desarrollan hábitos y costumbres muy específicas y personales que pasman en otros lares. El fervor despepitado y pródigo en dramatismo con el que los andaluces celebran su Semana Santa es una de esas estampas que producen cierta sorpresa en otros rincones de la península más pragmáticos y menos emocionales, pero esta Feria de Sevilla en la que la gente se deja lo que tiene y lo que no tiene para presumir de faralaes en el recinto ferial, propone un escenario que a muchos que no somos de allí nos deja literalmente turulatos.
He estado en la Feria de Sevilla una sola vez en mi vida y reconozco que, como experiencia, me ha bastado. Para colmo de males, estaba en la plaza de toros de la Real Maestranza el día 1 de mayo de 1992 cuando un toro de la ganadería de Atanasio Fernández llamado “Cubatisto”, mató instantáneamente al subalterno Manolo Montolíu, de la cuadrilla de José María Manzanares. Cuando salía de plantar un par de banderillas, le metió el cuerno por el tórax y le partió en dos el corazón. Es la última corrida de toros a la que he asistido en directo y casi con toda seguridad, así seguirá siendo porque la imagen aún no se me ha borrado de la cabeza a pesar de que han transcurrido más de treinta años.
Andalucía es tierra de poderosos contrastes, cierto desequilibrio social y mucha cancha y kilómetros para caer en tentaciones. La Feria de Sevilla es, por tanto, un escaparate para maravillarse que diría Lola o para salir pitando, literalmente aplastado por el oropel de los trajes de volantes, la belleza en su dimensión más exquisita, los caballos, los coches, el faroleo, el guitarreo, el rebujito –mezcla irresistible de manzanilla, 7Up y hierbabuena- el embrujo, las gambitas y la pasta que la hay a raudales. Como es habitual, una mezcla desenfrenada de todas las cosas buenas y malas que en el mundo son y que subyugan y te martirizan a partes iguales. ¡Ea!, y en nada, a votar….
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