José Teo Andrés
Cambio de paradigma
Los eclipses suceden cuando el plano por el que orbita la Luna alrededor de la Tierra está inclinado 5 grados y 9 minutos respecto al plano por el que orbita la Tierra (y la Luna) alrededor del Sol. Hay tres tipos de eclipses: totales (cuando el observador ve la Luna cubrir enteramente el disco del Sol), anulares (cuando el observador ve que el disco de la Luna no llega a cubrir el disco del Sol porque se encuentra más lejos de la Tierra, dejando ver un anillo brillante) y parciales (cuando solo se cubre una parte del Sol).
El eclipse solar total del 12 de agosto -el primero en la España peninsular desde 1905-, se corona como uno de los eventos astronómicos más grandiosos del último siglo en nuestro país. Su línea de totalidad traza un recorrido desde Galicia hasta Levante y Baleares, el único punto donde se ha visto una doble puesta de sol. Con este fenómeno se inaugura una triada histórica en España, que continuará en 2027 (eclipse total) y 2028 (eclipse anular). No estamos ante un eclipse común. Su geometría crítica al atardecer y la velocidad de la umbra lunar, que se desplaza a más de 19.000 km/h, hacen que la oscuridad caiga casi al mismo tiempo en lugares muy distantes.
Llama poderosamente la atención el contraste entre el silencio de la naturaleza -las aves que callan confundidas por la falsa noche- y el bullicio de las ciudades debido al turismo astronómico. Ha prevalecido el interés comercial, que ha convertido algunas de las terrazas de los hoteles más emblemáticos de Barcelona en escenarios que recuerdan más a una fiesta de la farándula que al respeto que exige el cosmos. Todo se reduce al negocio y al consumo superficial. En una civilización con verdadera sensibilidad y cultura, un evento de esta magnitud se viviría con la concentración que merece la naturaleza mágica que nos ha sido dada. Convertir la astronomía en una excusa para organizar eventos con música, baile y cócteles desvirtúa por completo un hecho trascendental.
En España el seguimiento del eclipse solar se ha vivido con gran emoción e intensidad, pero sin cumplir el principio de precaución que exigía la ocasión. Las imágenes en las calles y en lugares de observación han dejado en evidencia una preocupante actitud en gran cantidad de observadores, que han seguido el proceso sin gafas homologadas o relajando la protección constante, como si su salud ocular no estuviera en juego. Se puede enfermar por no poder o por no saber, pero en este caso ha sido por no querer; la ya que la pedagogía social previa estuvo a la altura de la ocasión. Mirar directamente al sol sin filtros homologados quema la retina y causa retinopatía solar, una lesión grave que suele ser permanente.
Cuesta casi el mismo trabajo hacer las cosas bien para protegernos que hacerlas mal, pero en los fenómenos de masas, la prevención sigue siendo la asignatura pendiente. La incógnita ahora es saber si las clínicas oftalmológicas serán capaces de absorber en los próximos días el impacto de esta osadía colectiva. Me quedo con el silencio de la naturaleza ante el bullicio del turismo desbordante que no ha estado a la altura de un fenómeno indescriptible.
(*) Científico, académico y experto en salud ambiental
Contenido patrocinado
También te puede interesar