José Teo Andrés
Rande en O Castro y A Guía
Dicen que la “gripe española” de 1918, tomó ese nombre no por su procedencia –se detectó por vez primera en un campamento de la Caballería de los Estados Unidos- sino porque fueron los medios de comunicación españoles editados en un país neutral y cuya neutralidad debemos a Eduardo Dato, los únicos que ofrecían información fiable sobre la pandemia. España defendió muy acertadamente su equidistancia en un entorno parlamentario y político de un considerable nivel, y contribuyó además a localizar combatientes heridos, ilocalizables o desaparecidos gracias a una ejemplar oficina que montó en palacio el propio rey Alfonso XIII y que contribuyó decisivamente a devolver a casa a cientos de soldados perdidos. Siglo y pico más tarde vivimos en un país que no solo ha perdido la mayor parte de su protagonismo en los foros internacionales sino que su clase política se está encargando de acabar con él. No hay en esta España cerril y esperpéntica que elige representantes de una torpeza difícil de equiparar, ni un solo personaje capaz de otorgar luz y guía a esta pugna constante y suicida que asoma por cualquier costura desde la bronca planteada por los refugiados en el aeropuerto de Barajas hasta la actuación de Melody en Eurovisión. Lo único que no puede negarse y que si supiera leer su propia historia –que no sabe ni se ha parado a hacerlo- le serviría de acicate para recuperar el brillo perdido es que los personajes que intervenían en el teatro político de finales del siglo XIX y primer tercio del XX eran mucho más honorables que los actuales. Más honorables, más sensatos, más sensibles y mucho más listos que los de ahora.
A día de hoy, ese partido acosado por causas judiciales desde todas las esquinas en el que cada día se adivina más profundamente el estigma del miedo, se ha propuesto responder apretando los dientes si bien como primera medida ha determinado que aquellos que puedan causar quebranto desaparezcan del mapa. Begoña Gómez se ha evaporado y ya no asoma ni en actos institucionales ni siquiera viaja con su marido como solía hacer antes. El siguiente en desaparecer ha sido Santos Cerdán al que persigue el estigma y de buenas a primeras ya no está como si fuera Houdini. Ha pasado de salir en todas y asumir las misiones más delicadas y peliagudas a esfumarse en el éter. Irán borrándose todos, uno por uno. El tiempo lo suele poner todo en si sitio.
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